Mostrando entradas con la etiqueta Dante. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dante. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de noviembre de 2023

Los ortodoxos de las dos botellas

En la Apologia pro vita sua, el cardenal John Henry Newman habla de los “ortodoxos de las dos botellas”. Los traductores Víctor García Ruiz y José Morales explican en una nota que dicha expresión hace referencia “a los eclesiásticos que, según se decía, tomaban brandy a la salud de “la Iglesia y el rey”, [o que] bebían dos botellas de vino al día como protesta contra los Puritanos”.

Imagino un club de “ortodoxos de las dos botellas” fundado hoy, en el que los ortodoxos serían chestertonianos, las dos botellas serían de jerez, y al que pertenecería, cómo no, Enrique García-Máiquez.


ESTO PERPETUA!


Dios quiere que en la bóveda celeste

brille la luz de todas las estrellas.

¡Brillemos, caballeros, igualmente

los ortodoxos de las dos botellas!


Como Dante Alighieri en el exilio

bajo la cándida bandera güelfa

y como Tomás Moro en el presidio

de Londres a la luz de su conciencia.


Brillemos, y brindemos, como Chesterton.

A falta de jerez, vale cerveza.

Brindemos, al morir, en nuestros féretros,


por el bien, la verdad y la belleza.

Y en el Cielo digamos sin rebozo:

Esto perpetua!”, como Samuel Johnson.


lunes, 31 de julio de 2023

Divina Comedia


En el Canto XXXI del Purgatorio, a las puertas del Paraíso, en uno de los momentos de mayor intensidad de la Divina Comedia —y, sin duda, uno de mis preferidos—, Beatriz le dice a Dante que la máxima aspiración que cabe imaginar es el amor al bien: “Amar lo bene / di là dal qual non è a che s’aspiri

Desde su primer encuentro en Florencia, Beatriz había conducido a Dante por el buen camino (es decir, aquel que lleva al bien). Y la luz que al principio había guiado a Dante por dicho camino había sido la visión del rostro y de los ojos de Beatriz: “Alcun tempo il sostenni col mio volto: / mostrando li occhi giovanetti a lui, / meco il menava in dritta parte vòlto” (“Con mi presencia le ayudé algún tiempo: / le mostraba mis ojos juveniles / y en buena dirección lo encaminaba”, según la traducción de José María Micó). Hasta el punto de que Dante confiesa haberse perdido en cuanto perdió de vista el semblante de Beatriz: “Le presenti cose / col falso lor piacer volser miei passi, / tosto che ’l vostro viso si nascose” (“Las cosas evidentes / con su falso placer me descarriaron / cuando dejé de ver vuestro semblante”).

Tal y como dice Roger Scruton en La belleza, la cara, los ojos y la boca son “rasgos a través de los cuales resplandece en nosotros el alma del otro y se nos da a conocer”. La belleza de Beatriz no es la belleza de un cuerpo, sino (aplicando lo que dice Scruton) “la belleza de una persona de carne animada por el alma individual, que expresa dicha individualidad en todas sus partes”, “en especial en los rasgos —la cara, los ojos, los labios [...]— que atraen nuestra mirada en las relaciones interpersonales y a través de las cuales nos relacionamos de tú a tú”.

La belleza de la donna angelicata es la belleza de un alma virtuosa que suscita el amor al bien en aquel que la contempla. La cara, los ojos y la boca son el espejo del alma (en este caso, de un alma virtuosa), y lo que resplandece en la cara, en los ojos y en la boca de Beatriz es el amor al bien. De ahí que la sonrisa de Beatriz sea “santa” (“il santo riso”), al igual que su rostro (“il santo aspetto”), y que los ojos de Beatriz no sólo sean “relucientes” (“li occhi rilucenti”) sino también “santos” (“li occhi santi”). La belleza de Beatriz suscita en Dante el amor al bien, y, al hacerlo, lo guía por el buen camino (el que, a la postre, conduce al Paraíso).


lunes, 25 de julio de 2022

En cierta ocasión

En cierta ocasión, le preguntaron a un carpintero qué figura pretendía tallar a partir del bloque de madera con el que trabajaba en su taller, a lo que el carpintero respondió: “Si sale con barba, San Antón; si no, la Purísima Concepción”. Es decir, que realizaba su tarea sin propósito claro, e indiferente ante el resultado de la misma.

Los profesores no podemos sentir a nadie más ajeno a nosotros que dicho carpintero, ya que la pregunta por el propósito último de nuestro trabajo tiene una importancia vital. De ahí que nuestros ojos os miren ahora no sólo con cariño, sino también con conciencia de responsabilidad.

Así pues, cabe preguntarse, ¿qué propósito perseguíamos? Nuestra misión consistía en suscitar en vosotros el amor al bien, a la verdad y a la belleza, de tal forma que dicho amor se convirtiese en voluntad, en hábito y, a la postre, en carácter. Tal y como escribió Aristóteles, “con respecto a la virtud no basta con conocerla (eidénai), sino que hemos de procurar tenerla y practicarla (éjein kai jrészai), o intentar llegar a ser buenos (agathoi gonómeza)”.

Vosotros habéis sido educados para ser buenos, porque sólo el amor al bien colma la vida de los hombres. ¡Cuánta razón tenía Beatriz cuando, a las puertas del Paraíso, le dijo a Dante que no hay aspiración más digna que el amor al bien! Amar lo bene / di là dal qual non è a che s’aspiri.

Hemos dedicado muchas horas de clase al estudio de los saberes que la humanidad nos ha dejado en herencia. No escondáis bajo tierra lo que habéis recibido, sino, por el contrario, haced que dé fruto.

A lo largo de estos años os hemos planteado dos preguntas cuya importancia trasciende las disciplinas académicas, y en las que nos jugamos la vida misma. En primer lugar, ¿qué tipo de persona quieres ser? Y, en segundo lugar, ¿qué espera la vida de ti?

La conciencia de que somos libres para forjar nuestra propia ventura (tal y como nos enseñó don Quijote), y de que la libertad es la libertad de elegir moralmente, nos permite tomar las riendas de nuestra vida, no eludir la responsabilidad individual invocando como excusa las circunstancias, y no cultivar el resentimiento de quienes caen en el victimismo. Somos dueños de nuestro destino, fundamentalmente porque somos libres para elegir qué actitud adoptar ante lo que quiera que nos ocurra.

La pregunta por aquello que la vida espera de ti parte de una premisa crucial que no debéis olvidar nunca: que la vida espera algo de ti. Descubrir en qué consiste ese algo es ahora vuestra tarea. Permitidme que os lea las palabras de un escritor inglés llamado Evelyn Waugh: “Dios quiere una cosa distinta de cada uno de nosotros, trabajosa o llevadera, visible o íntima, pero algo que sólo nosotros podemos hacer y para lo cual cada uno de nosotros fue creado”.

Ojalá el colegio haya sido para vosotros una lugar en el que forjar el carácter, y en el que crecer en sabiduría y en virtud. Ojalá hayamos sabido poner de nuestra parte para que aprendieseis a ser humildes, porque la humildad nos permite descubrir con agradecimiento la maravilla que nos ha sido dada gratis con la vida (y al lado de la cual todos los bienes materiales son poca cosa). Ojalá hayamos contribuido en algo a que entendieseis que las cosas realmente importantes se logran con esfuerzo, que el trabajo es el único camino que os permitirá descubrir vuestra vocación, y que incluso el amor verdadero es un acto de sacrificio de uno mismo por los demás.

A estas alturas quizá sepáis lo que el poeta Aquilino Duque expresó de forma muy atinada: “No es posible que todo salga bien. / […] Uno acierta una vez de cada cien, / y no por ser más rápido o más lento / se sale antes o se llega pronto”; todos tenemos, cómo no, nuestras horas bajas; “Es preciso llorar de cuando en cuando; / es preciso regar el corazón / para que no se seque, como un árbol”. Pero hay cosas de una importancia trascendental que no deben faltar nunca en la vida (y que nosotros, vuestros profesores, querríamos haber sabido transmitiros): “¿La fe? Sí, por supuesto. / Y la esperanza. Y el amor”.

No perdáis la fe en Dios. Habéis de saber que Él no perderá jamás la fe en vosotros. Dios está dispuesto a ir hasta el fin del mundo para encontrarnos, y a veces deja que nos alejemos hasta el fin del mundo antes de hacernos volver. Como quiera que sea, no olvidéis que, pase lo que pase, no estáis solos, que Dios os quiere, y que incluso en la noche más oscura siempre podréis elevar los ojos a Dios, y rezar.

Hoy le pedimos a Dios por vosotros.

Perdonadnos si en algo nos hemos equivocado.

Muchas gracias por compartir con nosotros estos años tan bonitos de vuestras vidas.

Os queremos.