domingo, 26 de julio de 2026

Lord Jim


Jaime Gil de Biedma afirmaba que dejó de creer demasiado pronto en los mitos que le había proporcionado la lectura de libros de aventuras durante la infancia —“y el cine, aquel cine”—, pero que “la noble ilusión”, “el brillo no apagado del puro ensueño heroico”, nos son imprescindibles en la edad adulta, aunque de ellos no quede más que un montón de imágenes rotas quizá imposibles de recomponer.

Lord Jim, de Joseph Conrad, no sólo es una novela de aventuras llena de belleza, heredera de la noble tradición de las novelas de aventuras de Stevenson, sino también un ejercicio de indagación en el contenido moral que encierra “el brillo no apagado del puro ensueño heroico”. El tema principal de la novela es la moral de Lord Jim, que constituye el elemento distintivo de la comunidad ética formada por aquellos a quienes Marlow alude con la expresión “los nuestros”.

Lord Jim ha interiorizado el ideal de conducta propio de los caballeros, el código de honor que comparten aquellos que, a diferencia de los canallas, llegado el momento de la verdad —aquél en el que un hombre es puesto a prueba—, se comportan decentemente. Según las palabras de que se sirve Joseph Conrad, Lord Jim está llamado a pertenecer al “mundo de la aventura heroica”.

Sin embargo, una noche en mitad del mar Arábigo, a bordo de un viejo barco de vapor comido de óxido, con un pasaje de ochocientas personas, y a punto de irse a pique, lejos de comportarse como un héroe, Lord Jim se comporta como un cobarde. “—Dios mío ¡qué ocasión perdida!”

Pero Lord Jim forma parte de un mundo todavía no desaparecido en el que rige el antiguo concepto caballeresco del honor, y en el que la vergüenza es una afección propia de almas nobles. De ahí que se sienta merecedor del reproche de sus semejantes, y que se avergüence hasta el punto de imponerse a sí mismo la pena de la proscripción. “La vergüenza quemaba”, dice Marlow. Y el propio Conrad revela en el prólogo que la clave de la novela es “la conciencia acendrada del honor perdido”.

Lord Jim, un hombre “cuya existencia entera está basada en una fe honesta, y que tienen el instinto del valor", y que profesa el antiguo ideal aristocrático griego de los kaloì kaì agathoí (“También él era heredero de una tradición poderosa y oscura”), no pertenece al mundo moderno, individualista y utilitarista, sino al mundo antiguo, que representa de forma paradigmática aquella ciudad ideal de Cleóbulo de Lindos, donde “los ciudadanos temen más el reproche que la ley”.

La vergüenza impulsa a Lord Jim a emprender un viaje sin vuelta atrás que lo aleja cada vez más de la civilización, a la espera de que se le presente una segunda oportunidad que le permita redimirse —porque Lord Jim es una novela de redención—. Dicha huida lo conduce al rincón más remoto que cabe imaginar, “a trescientas millas de donde acaban los hilos del telégrafo y las líneas regulares”, a una región mítica en el corazón de la selva malaya llamada Patusán, donde Lord Jim puede demostrar que “era como hay que ser”.

Lord Jim no deja de creer jamás en “la noble ilusión”, en “el brillo no apagado del puro ensueño heroico”, y logra hacerlos realidad en Patusán, donde “los desalmados embustes utilitarios de nuestra civilización se marchitan y mueren”. Lord Jim conquista el amor, el honor y la confianza de los hombres, pero la culminación de sus hazañas consiste en estar a la altura de un ideal de conducta. Nosotros leemos hoy su historia quizá también para recordar quiénes fuimos.


sábado, 11 de julio de 2026

Las trincheras


El poema “Felices las ciudades que conservan”, de Julio Martínez Mesanza, que forma parte del libro Las trincheras, recuerda a las bienaventuranzas de los Evangelios. Consta de dos partes, al igual que cada una de las bienaventuranzas: en primer lugar, una oración con el verbo omitido que arranca con el adjetivo “felices” (equivalente a “bienaventurados” en las traducciones clásicas de los Evangelios), y, en segundo lugar, una oración subordinada que comienza con la conjunción causal “porque”. Al igual que san Mateo dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyos es el reino de los cielos”, Martínez Mesanza dice: “Felices las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias [...] porque su esperanza vive [...]”.

En el primer poema del libro, Martínez Mesanza establece una contraposición entre dos lugares: por un lado, “las trincheras”, donde no deja de llover, y, por otro, “las ciudades / que conservan indemnes sus iglesias”. Ambos lugares tienen un carácter simbólico, de acuerdo con lo que ocurre en muchos de los poemas de Las trincheras, que es un libro profundamente simbólico, y en el que los lugares adquieren la categoría de símbolo.

De “las trincheras” (“los fosos”, “los taludes”, los “cráteres anegados por la lluvia”) se nos dice que son “las cicatrices en las que se agolpan / los desesperanzados”. De “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias” se nos dice que “su esperanza vive”. De donde se sigue que la línea que separa un lugar de otro es, como la que separa la luz de la sombra, la que separa la esperanza de la desesperanza.

El simbolismo no es un mecanismo que se puede desactivar, no es un lenguaje en clave que permite desencriptar mensajes ocultos, no es una adivinanza que se puede resolver definitivamente. Como explicó Coleridge, en la imagen simbólica “la idea permanece siempre infinitamente activa”. Según Goethe, “el verdadero simbolismo se encuentra allí donde lo particular representa a lo más general, no como un sueño o una sombra, sino como una vívida revelación momentánea de lo Inescrutable”.

Los símbolos de Las trincheras, como los símbolos de las grandes obras literarias, tienen un poder de significación que no se agota. ¿Qué simbolizan Moby Dick, el capitán Ahab y el ballenero Pequod en la novela de Herman Melville? ¿Qué simboliza Gregorio Samsa en La metamorfosis? Las grandes obras literarias ofrecen claves que nos permiten asomarnos a dichos símbolos, como quien se asoma al pretil de un pozo hondísimo, pero nunca alcanzamos a vislumbrar el fondo.

En Las trincheras, los lugares simbolizan estados del alma. Así, en el poema titulado “Alcazarquivir”, “la soledad que nos recibe / es nuestra estéril alma”, y “la yerma / lejanía nosotros mismos somos”. Y en “Rusia”, “el alma es como Rusia / y [...] son sus fronteras las de Rusia”. Y en “Las tropas en el puente”, “ese mapa abstruso / es el de los caminos y las pruebas / que sufre el alma”.

La esperanza es una virtud teologal, y se corresponde con un anhelo profundo que Dios pone en el corazón del hombre, y que alienta en él al margen de la viabilidad de aquello que desea —Rafael Sánchez Ferlosio decía que “la esperanza [...] tan sólo podría ser esa virtud por la que pretende ser tenida”, no “si [...] remite a la confianza en el mundo y las cosas”, sino “cuando alienta y se mantiene [...], a despecho de toda probabilidad o posibilidad; cuando, vuelta la espalda a todo cálculo, es sólo fidelidad incondicional”—. A diferencia de las virtudes humanas, que adquirimos mediante nuestras propias fuerzas, las virtudes teologales, como dice el Catecismo de la Iglesia católica, “son infundidas por Dios en el alma”, y, por lo tanto, son obra de la Gracia.

El poeta de Las trincheras vive en el lugar de la desesperanza, en una casa, vieja y pobre, aislada en medio de un descampado en el que no deja de llover, en un puerto fluvial “sin torres ni campanas”, rodeado de hambrientos cenagales, donde “todo parecía hecho / para menguar la gracia redentora”. Pero en su corazón hay un anhelo profundo, un deseo de partir, que simboliza ese jinete eterno a quien turban inmensas lejanías, y que, lleno de desazón, se pone en marcha.

Lo que distingue al lugar de la esperanza que representan las ciudades que conservan indemnes sus iglesias, frente al lugar de la desesperanza que representan las trincheras, y lo que permite concebir aquél como un lugar de bienaventuranza, es la religiosidad. Lo que empuja al jinete de Martínez Mesanza es el soplo del espíritu. No hemos nacido para vivir en las trincheras. “A despecho de toda probabilidad o posibilidad”, Dios ha puesto en nuestro corazón, ha infundido en nuestra alma, un anhelo profundo que nos lleva a querer ponernos en camino.



sábado, 4 de julio de 2026

Un acto de amor


En Experiencia, Martin Amis dice que tiene la impresión de que su vida es «ridículamente informe», y que carece de muchos de los ingredientes de un buen relato: «patrón y equilibrio, forma, remate, proporción». Y en Desde dentro insiste en lo mismo: «la vida posee una cualidad o característica antagónica a la ficción. Es informe, no apunta a nada ni se agrupa en torno a nada, y carece de coherencia».

Martin Amis identifica en la vida dos ingredientes contrapuestos que considera que son «los acontecimientos principales»: por un lado, los «milagros ordinarios» (como el nacimiento de los hijos), y, por otro, los «desastres ordinarios» (como la muerte del padre —en este caso el también escritor Kingsley Amis, al que su hijo rinde un tributo de amor—). Dichos acontecimientos se corresponden respectivamente con dos fuerzas misteriosas que colisionan entre sí de forma trágica y absurda: por un lado, la inocencia, y, por otro, la experiencia. «Una inmensa colisión absurda [...] Tal es lo que acontece cuando la oscuridad topa con la luz, cuando la experiencia topa con la inocencia, cuando lo falso topa con lo verdadero, cuando la absoluta impiedad topa con la pureza de espíritu».

Las memorias de Martin Amis no son la reconstrucción de un paraíso perdido, aunque hay un paraíso perdido: la infancia del autor durante los años previos a la separación de sus padres, la relación con los abuelos, y, muy especialmente, con la familia de sus primos por parte de madre, los Partington, que vivían en Gretton, un pueblo pequeño en el campo, y con quienes Martin y sus hermanos, niños de ciudad, pasaban temporadas. «He dicho que mi niñez fue idílica (y arcádico el tiempo que pasé con los Partington: el león y el cordero descansaban juntos, y la rosa crecía sin espinas)». Además de la imagen del monte santo de Isaías, los versos del Libro IX de El paraíso perdido, de Milton, le sirven a Martin Amis para representar el estado originario de inocencia y felicidad: «De honor desnudo vestidos, / en su desnuda majestad parecían señores de todo lo existente».

Pero Martin Amis será despojado violentamente de dicha inocencia, será expulsado del jardín del Edén de su propia infancia, en el momento mismo en que sus padres se separan. «El divorcio: “algo increíblemente violento”» (y «la pena recurrente, endémica, del varón divorciado: el dolor por la familia perdida») es un tema fundamental que el autor aborda con crudeza, valentía y honestidad. «—No puedo dejar de pensar en ello. No puedo quitármelo de la cabeza. —En este tipo de cosas nunca se puede hacer nada. Lo único que puedes hacer es albergar la esperanza de “coexistir” con ellas. Ellas nunca se irán. Estarán siempre contigo. Están ahí, eso es todo».

Pero el corazón se rebela milagrosamente contra la irrupción de la negrura —el dolor es un resto de inocencia—, y, a despecho del mundo, reconoce siempre como anomalía la propia condición de ser caído que define el estado del hombre. «Se supone que las madres y los padres no cambian. Al igual que se supone que no se van, ni se mueren. Son seres que no deben hacer eso».

Cuatro acontecimientos principales en la vida de Martin Amis constituyen el objeto de su reflexión sobre la pérdida de la inocencia, sobre la irrupción del mal (que puede hacer que el corazón llegue a gangrenarse dentro del pecho) y sobre el carácter informe de la vida: 1) el divorcio de sus padres, 2) la desaparición repentina de su prima Lucy Partington con veintiún años (que sólo después de otros veintiún años se supo que había sido secuestrada y asesinada por el asesino en serie Frederick West), 3) el propio divorcio de Martin Amis de su primera mujer cuando sus hijos no habían cumplido todavía diez años, y 4) la muerte del padre.

La dificultad para encontrar siquiera un atisbo de sentido en mitad de la oscuridad, y la insuficiencia de la literatura como herramienta de interpretación para afrontar los acontecimientos más importantes de la vida («Déjenme decir algo sobre la experiencia», escribe Martin Amis. «Las vivencias sobrepasan con mucho cualquier relato que pueda hacerse de ellas»), no convierten las memorias de Martin Amis en una obra nihilista. Frente a la arremetida del mal, frente a la ciega experiencia de lo dado, late una fuerza poderosa, como una llama del corazón, que constituye lo mejor del libro: el amor. No sólo el amor, que, como el soplo del espíritu, persiste con obstinación, contra toda esperanza, sino también la escritura misma, porque, como dice Martin Amis en Desde dentro, «el propio acto de la escritura es un acto de amor».