En su ensayo “Sobre Chesterton”, Jorge Luis Borges dice que “Chesterton pensó [...] que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna desventura debe eximirnos de una suerte de cósmica gratitud”. —En la edición de Otras inquisiciones que tengo ahora en las manos, se lee: “cómica gratitud”. Pero ¿es “cómica” gratitud o “cósmica” gratitud?— En efecto, Chesterton consideraba que el objetivo de la vida es la capacidad de apreciar, y que la idea principal de su vida era la idea de aceptar las cosas con gratitud.
En su Autobiografía, Chesterton explica que en un momento determinado de su vida se convirtió en “el adalid del Diente de León”. El diente de león, al que ya se había referido en un libro de poemas juvenil, es considerado una mala hierba, y representa las cosas sencillas, el milagro cotidiano de la existencia, que Chesterton nos enseña a apreciar, y ante el que nos invita a maravillarnos y a sentir agradecimiento.
La risa —el sentido del humor— constituye un elemento central de la obra de Chesterton, tal y como expresó Kafka en el curso de una conversación con Gustav Janouch: “Chesterton es tan gracioso que casi se podría pensar que ha encontrado a Dios”. La risa chestertoniana (a diferencia, por ejemplo, de la quevediana) no es fruto de la malicia, sino de la bondad, de la inocencia o de la limpieza de corazón. De ahí que se parezca tanto a la felicidad, a la alegría pura de los niños o a la dicha de los bienaventurados. En Herejes, Chesterton escribió que “el secreto de la vida reside en la risa y en la humildad”.
El diente de león (Taraxacum officinale) es una hierba también conocida como achicoria amarga. La expresión “el adalid del Diente de León” (de resonancias heroicas), que Chesterton había elegido para sí mismo, significa por lo tanto también “el adalid de la achicoria amarga” (de resonancias no menos poéticas, pero además milagrosamente —chestertónicamente— humildes).
La actitud de Chesterton tiene mucho de candor quijotesco, de inocencia de alma de cántaro, o de loco de Dios, que mueve a risa a aquellos para los que la idea de Alonso Quijano de “hacerse caballero andante” es “el mas extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo”. Al igual que les ocurre a los personajes de su última novela, El regreso de don Quijote, Chesterton se dio cuenta de que “Inglaterra yacía en una crisis de la que sólo podría salvarla el coraje moral”, y de que era preciso “oponerse al pesimismo suicida de los grandes reaccionarios que habían declarado concluida la edad de la caballería”.
La grandeza de Chesterton estriba en ver lo grande en lo pequeño: lo milagroso en lo cotidiano, la belleza en la más humilde brizna de hierba, y el coraje moral del caballero andante en el corazón del hombre corriente. Al hacerlo, Chesterton rescató quijotescamente a la humanidad del pesimismo propio de los encantadores del fin de siècle, bajo cuyo hechizo la alegría había sido sustituida en el corazón de los hombres por la pena, la languidez y la desesperanza, y a los que, como don Quijote en el poema “The Golden Age”, de W. H. Auden, Chesterton desafió con candor:
I shall not be! Enchanters, flee! I challenge you to battle me! / Your powers I with scorn defy, your spells shall never rattle me.
El diente de león, la achicoria amarga, es ya para nosotros la empresa que hemos de grabar en nuestro escudo de armas, porque Chesterton ha ganado nuestros corazones para siempre.
JACULATORIA
San Chesterton, enséñanos a ver
la brizna más pequeña de belleza.
