sábado, 11 de julio de 2026

Las trincheras


El poema “Felices las ciudades que conservan”, de Julio Martínez Mesanza (que forma parte del libro Las trincheras), recuerda a las bienaventuranzas de los Evangelios. El poema consta de dos partes, al igual que cada una de las bienaventuranzas: por un lado, una oración con el verbo omitido que arranca con el adjetivo “felices” (equivalente a “bienaventurados” en las traducciones clásicas de los Evangelios), y, por otro, una oración subordinada que comienza con la conjunción causal “porque”. Así pues, al igual que san Mateo dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyos es el reino de los cielos”, Martínez Mesanza dice: “Felices las ciudades que conservan [...] porque su esperanza vive [...]”.

En el primer poema del libro, Martínez Mesanza establece una contraposición entre dos lugares: por un lado, “las trincheras”, donde no deja de llover, y, por otro, “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias”. Ambos lugares tienen un carácter simbólico, de acuerdo con lo que ocurre en muchos de los poemas de Las trincheras, que es un libro profundamente simbólico, y en el que los lugares adquieren la categoría de símbolo.

De “las trincheras” (“los fosos”, “los taludes”, los “cráteres anegados por la lluvia”) se nos dice que son “las cicatrices en las que se agolpan / los desesperanzados”. De “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias” se nos dice que “su esperanza vive”. De donde se sigue que la línea que separa a un lugar de otro es, como la que separa la luz de la sombra, la que separa a la esperanza de la desesperanza.

El simbolismo no es un mecanismo que se puede desactivar, no es un lenguaje en clave que permite desencriptar mensajes ocultos, no es una adivinanza que se puede resolver definitivamente. Como explicó Coleridge, en la imagen simbólica “la idea permanece siempre infinitamente activa”. Según Goethe, “el verdadero simbolismo se encuentra allí donde lo particular representa a lo más general, no como un sueño o una sombra, sino como una vívida revelación momentánea de lo Inescrutable”.

Los símbolos de Las trincheras, como los símbolos de las grandes obras literarias, tienen un poder de significación que no se agota. ¿Qué simbolizan Moby Dick, el capitán Ahab y el ballenero Pequod en la novela de Herman Melville? ¿Qué simboliza Gregorio Samsa en La metamorfosis? Las grandes obras literarias ofrecen claves que nos permiten asomarnos a dichos símbolos, como quien se asoma al pretil de un pozo hondísimo, pero nunca alcanzamos a vislumbrar el fondo.

En Las trincheras, los lugares simbolizan estados del alma. Así, en el poema titulado “Alcazarquivir”, “la soledad que nos recibe / es nuestra estéril alma”, y “la yerma / lejanía nosotros mismos somos”. Y en “Rusia”, “el alma es como Rusia / y [...] son sus fronteras las de Rusia”. Y en “Las tropas en el puente”, “ese mapa abstruso / es el de los caminos y las pruebas / que sufre el alma”.

La esperanza es una virtud teologal, y se corresponde con un anhelo profundo que Dios pone en el corazón del hombre, y que alienta en él al margen de la viabilidad de aquello que desea —Rafael Sánchez Ferlosio decía que “la esperanza [...] tan sólo podría ser esa virtud por la que pretende ser tenida”, no “si [...] remite a la confianza en el mundo y las cosas”, sino “cuando alienta y se mantiene [...], a despecho de toda probabilidad o posibilidad; cuando, vuelta la espalda a todo cálculo, es sólo fidelidad incondicional”—. A diferencia de las virtudes humanas, que adquirimos mediante nuestras propias fuerzas, las virtudes teologales, como dice el Catecismo de la Iglesia católica, “son infundidas por Dios en el alma”, y, por lo tanto, son obra de la Gracia.

El poeta de Las trincheras vive en el lugar de la desesperanza, en una casa, vieja y pobre, aislada en medio de un descampado en el que no deja de llover, en un puerto fluvial “sin torres ni campanas”, rodeado de hambrientos cenagales, donde “todo parecía hecho / para menguar la gracia redentora”. Pero en su corazón hay un anhelo profundo, un deseo de partir, que simboliza ese jinete eterno a quien turban inmensas lejanías, y que, lleno de desazón, se pone en marcha.

Lo que distingue al lugar de la esperanza que representan las ciudades que conservan indemnes sus iglesias, frente al lugar de la desesperanza que representan las trincheras, y lo que permite concebir aquél como un lugar de bienaventuranza, es la religiosidad. No hemos nacido para vivir en las trincheras. “A despecho de toda probabilidad o posibilidad”, Dios ha puesto en nuestro corazón, ha infundido en nuestra alma, un anhelo profundo que nos lleva a querer ponernos en camino.


sábado, 4 de julio de 2026

Un acto de amor


En Experiencia, Martin Amis dice que tiene la impresión de que su vida es «ridículamente informe», y que carece de muchos de los ingredientes de un buen relato: «patrón y equilibrio, forma, remate, proporción». Y en Desde dentro insiste en lo mismo: «la vida posee una cualidad o característica antagónica a la ficción. Es informe, no apunta a nada ni se agrupa en torno a nada, y carece de coherencia».

Martin Amis identifica en la vida dos ingredientes contrapuestos que considera que son «los acontecimientos principales»: por un lado, los «milagros ordinarios» (como el nacimiento de los hijos), y, por otro, los «desastres ordinarios» (como la muerte del padre —en este caso el también escritor Kingsley Amis, al que su hijo rinde un tributo de amor—). Dichos acontecimientos se corresponden respectivamente con dos fuerzas misteriosas que colisionan de forma trágica y absurda: por un lado, la inocencia, y, por otro, la experiencia. «Una inmensa colisión absurda [...] Tal es lo que acontece cuando la oscuridad topa con la luz, cuando la experiencia topa con la inocencia, cuando lo falso topa con lo verdadero, cuando la absoluta impiedad topa con la pureza de espíritu».

Las memorias de Martin Amis no son la reconstrucción de un paraíso perdido, aunque hay un paraíso perdido: la infancia del autor durante los años previos a la separación de sus padres, la relación con los abuelos, y, muy especialmente, con la familia de sus primos por parte de madre, los Partington, que vivían en Gretton, un pueblo pequeño en el campo, y con quienes Martin y sus hermanos, niños de ciudad, pasaban temporadas. «He dicho que mi niñez fue idílica (y arcádico el tiempo que pasé con los Partington: el león y el cordero descansaban juntos, y la rosa crecía sin espinas)». Además de la imagen del monte santo de Isaías, los versos del Libro IX de El paraíso perdido, de Milton, le sirven a Martin Amis para representar el estado originario de inocencia y felicidad: «De honor desnudo vestidos, / en su desnuda majestad parecían señores de todo lo existente».

Pero Martin Amis será despojado violentamente de dicha inocencia, será expulsado del jardín del Edén de su propia infancia, en el momento mismo en que sus padres se separan. «El divorcio: “algo increíblemente violento”» (y «la pena recurrente, endémica, del varón divorciado: el dolor por la familia perdida») es un tema fundamental que el autor aborda con crudeza, valentía y honestidad. «—No puedo dejar de pensar en ello. No puedo quitármelo de la cabeza. —En este tipo de cosas nunca se puede hacer nada. Lo único que puedes hacer es albergar la esperanza de “coexistir” con ellas. Ellas nunca se irán. Estarán siempre contigo. Están ahí, eso es todo».

Pero el corazón se rebela milagrosamente contra la irrupción de la negrura —el dolor es un resto de inocencia—, y, a despecho del mundo, reconoce siempre como anomalía la propia condición de ser caído que define el estado del hombre. «Se supone que las madres y los padres no cambian. Al igual que se supone que no se van, ni se mueren. Son seres que no deben hacer eso».

Cuatro acontecimientos principales en la vida de Martin Amis constituyen el objeto de su reflexión sobre la pérdida de la inocencia, sobre la irrupción del mal (que puede hacer que el corazón llegue a gangrenarse dentro del pecho) y sobre el carácter informe de la vida: 1) el divorcio de sus padres, 2) la desaparición repentina de su prima Lucy Partington con veintiún años (que sólo después de otros veintiún años se supo que había sido secuestrada y asesinada por el asesino en serie Frederick West), 3) el propio divorcio de Martin Amis de su primera mujer cuando sus hijos no habían cumplido todavía diez años, y 4) la muerte del padre.

La dificultad para encontrar siquiera un atisbo de sentido en mitad de la oscuridad, y la insuficiencia de la literatura como herramienta de interpretación para afrontar los acontecimientos más importantes de la vida («Déjenme decir algo sobre la experiencia», escribe Martin Amis. «Las vivencias sobrepasan con mucho cualquier relato que pueda hacerse de ellas»), no convierten las memorias de Martin Amis en una obra nihilista. Frente a la arremetida del mal, frente a la ciega experiencia de lo dado, late una fuerza poderosa, como una llama del corazón, que constituye lo mejor del libro: el amor. No sólo el amor, que, como el soplo del espíritu, persiste con obstinación, contra toda esperanza, sino también la escritura misma, porque, como dice Martin Amis en Desde dentro, «el propio acto de la escritura es un acto de amor».


jueves, 7 de mayo de 2026

El corazón como un brezal en llamas


TOLKIEN

En honor de

los poetas de Númenor


Los cuentos olvidados junto al fuego,

las primeras lecciones de latín,

la espada con que Sigurd mató a Fafnir,

el sauce al que trepabas junto al río,

los desayunos en el oratorio,

tu corazón como un brezal en llamas,

las buenas noches al final del día.

¡Qué lejos queda ahora todo aquello!

¿Murió en la casa del cartero en Rednal?

En el silencio hay lenguas inventadas.

Hay un rey que regresa del exilio.

Te están llamando los primeros pájaros.



viernes, 24 de abril de 2026

Aforismos


Cada día es la isla del tesoro.

*

La belleza de las cosas está también en la belleza de las palabras con las que las nombramos.

*

Como los griegos de la Anábasis, que gritaban desde lo alto de la colina: “¡El mar! ¡El mar!”, sentimos que regresamos a casa el primer día de verano que volvemos a bañarnos en el mar.

*

Dios tiene una idea profundamente optimista del ser humano.

*

El amor hace nuevo el sentido del humor.

*

Clásico es el libro al que nunca se llega tarde.

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El ruido y la ausencia de estrellas son las dos primeras cosas que llaman la atención de Dante en el infierno.

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La belleza es patrimonio del bien. A lo más que puede aspirar el diablo es al glamour.

*

Donde hay fealdad hay siempre alguna forma de desarraigo.

*

En el fondo le tienen un miedo atroz al lenguaje porque le tienen un miedo atroz a la verdad.

*

El monstruo contra el que hemos de blandir la espada, y contra el que hemos de combatir con todo nuestro corazón, es el nihilismo.

*

Manners makyth moon.

*

Huir siempre de la multitud.

*

Que la vieja caballería no haya muerto en vano.

*

No permitas jamás que el corazón

se convierta en un témpano de hielo.



sábado, 17 de enero de 2026

La tristeza de Julia Flyte


La alegría de Charles Ryder al final de Retorno a Brideshead contrasta con la atmósfera de tristeza que envuelve la novela desde las primeras páginas, y con respecto a la cual dicha alegría se parece más al consuelo que a la alegría. Ahora bien, la tristeza que rodea como un aura la historia contada por Charles Ryder no es fundamentalmente añoranza, aunque la narración consista en una evocación por parte de un hombre de mediana edad con lágrimas en los ojos.

La tristeza característica de Retorno a Brideshead no es el resultado de la pérdida de algo que ha quedado atrás, ni de las desgracias que padecen los personajes «a lo largo del fatigoso camino», ni del remordimiento que puedan sentir, sino de la frustración de un anhelo profundo que arde en el interior de sus corazones. Es la desilusión que nace de no haber logrado alcanzar plenamente algo que vislumbraron en algún momento de su vida un paso o dos por delante de ellos.

El anhelo que arde en el interior del corazón humano adopta la forma del amor a otro ser humano (tal y como ocurre en el caso del amor de Charles, primero, por Sebastian, y, después, por Julia), pero no se sacia nunca plenamente en dicho amor a otro ser humano, porque es realmente anhelo de otra cosa, que se trasluce en dicho amor, y de la cual dicho amor es una anticipación.

Charles dice que la tristeza de Julia, «esa tristeza inquietante y mágica que hablaba directamente al corazón y enmudecía», era «una actitud frustrada que parecía decir: “Seguramente he sido hecha para algo más”». Al ver a Julia y a Charles tras su regreso a Brideshead, Cordelia piensa de ellos: «Pasión frustrada». Y, al final, en un momento culminante de la novela, Charles dice: «Quizá todos nuestros amores no sean más que simples ilusiones y símbolos [...]. Quizá tú y yo no seamos más que meros paradigmas, y esta tristeza que a veces nos envuelve nazca de la desilusión de nuestra búsqueda, cada uno a través y más allá del otro».

Pero la tristeza de Julia es también, como dice Charles, «la culminación de su belleza», porque la belleza verdadera es siempre expresión del amor al bien, y, por lo tanto, no llena completamente el corazón por sí misma, sino que le habla misteriosamente de otra cosa que hay más allá de sí misma, de aquello de que el corazón tiene sed. Como el semblante de Beatriz para Dante en la Divina Comedia, y como el amor a otro ser humano, es la huella del amor a un bien trascendente, que se trasluce en dicha belleza, y del cual dicha belleza es una anticipación.

En un pasaje de la Apologia pro Vita Sua, san John Henry Newman dice que «la literatura, filosofía y mitología paganas, debidamente entendidas, no [son] sino una preparación para el Evangelio». Y en los escritos recogidos bajo el título Intuiciones precristianas, Simone Weil coincide con el cardenal Newman, e indaga las verdades cristianas que se hallan prefiguradas en la mitología griega, en las tragedias clásicas o en Platón.

En el capítulo titulado «La operación de la gracia», Simone Weil transcribe un fragmento del coro del Agamenón de Esquilo, donde se lee: «[Zeus] es quien ha situado a los mortales en el camino de la sabiduría. “Al conocimiento por el sufrimiento” / es la soberana ley que él ha dictado. / Se va destilando durante el sueño junto al corazón / la pena que es memoria dolorosa, y, hasta al que no la quiere, le llega la sabiduría. / Esta violencia es una gracia de parte de las divinidades».

A continuación, Simone Weil comenta: «La “pena que es memoria dolorosa” significa, según el vocabulario órfico, el presentimiento de la felicidad eterna, el presentimiento del destino divino del alma. Ese presentimiento es el que se va destilando gota a gota en el sueño de la inconsciencia; a la hora de tomar conciencia del mismo, ya es uno presa de la gracia, y sólo queda dar su consentimiento».

La tristeza misteriosa que envuelve Retorno a Brideshead, resultado de la frustración del anhelo profundo que arde en el corazón humano, es «la pena que es memoria dolorosa» de la que habla Esquilo, que «se va destilando gota a gota en el sueño de la inconsciencia». La «actitud frustrada [de Julia Flyte] que parecía decir: “Seguramente he sido hecha para algo más”» es «el presentimiento del destino divino del alma» al que se refiere Simone Weil. Y la gracia divina, cuya influencia en un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados, dice Evelyn Waugh que es el tema principal de Retorno a Brideshead, es la gracia que destila dicha tristeza junto al corazón. Porque «“Al conocimiento por el sufrimiento” / es la soberana ley que él ha dictado», tal y como sabe Cordelia, que sostiene sin rodeos que no hay santidad sin sufrimiento.


martes, 30 de diciembre de 2025

Noche de Reyes


La noche de Reyes es una bendita rémora que impide la consumación del weberiano desencantamiento del mundo.

Sólo si los descreídos hijos de la edad moderna se hacen de nuevo niños, sólo si regresan con la ayuda de sus hijos a su propia infancia, y vuelven a mirar alrededor con ojos asombrados, no olvidarán del todo qué significa habitar poéticamente el mundo.

Los niños son una bendición para la humanidad entre otras cosas porque les proporcionan a los adultos la oportunidad de convertirse de nuevo en niños la noche de Reyes, escapar del escepticismo que hiela los corazones, y regresar de su mano al menos por unas horas a un mundo lleno de misterio.

“Quien no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Marcos, 10, 15), y quien no viva la noche de Reyes como niño, no entrará en ella. Así como es preciso nacer de nuevo para poder ver el Reino de Dios, es preciso también convertirse de nuevo en niño para vivir la fiesta de la Epifanía.

Malcolm Guite sostiene que no es el mundo el que necesita ser re-encantado, sino que somos nosotros los que necesitamos ser des-desencantados (“We need to be un-disenchanted”): “Tenemos que abrir nuestros ojos y nuestros oídos a las maravillas y a la belleza y al sentido que ya está ahí en el cosmos pero que hemos ignorado sistemáticamente durante los últimos doscientos o trescientos años”.

Los Reyes Magos señalan el camino que nos lleva a darnos cuenta de que, como dice el poema de Miguel d'Ors, “todas las noches son noches de Reyes”. La celebración de los Reyes Magos graba a fuego esa verdad en el corazón de los niños, con la esperanza de que de mayores no la olviden, y de que permanezcan fieles a ese ideal.

jueves, 25 de diciembre de 2025

La sed que nos define


En el poema “La sed que nos define”, del libro Un enigma ante tus ojos (Númenor, 2024), Marcela Duque concibe el mundo como cosmos, es decir, como un todo ordenado, armonioso, en equilibrio: “Todo tiene su lugar en nuestro cosmos [...] Hay arrecifes de coral bajo los mares / y por los cielos giran las estrellas”. ¡Qué lejos estamos, gracias a Dios, de la imagen moderna del mundo como caos, como el macbethiano “cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”, o como el eliotiano “montón de imágenes rotas”! Plutarco cuenta que “Pitágoras fue el primer filósofo que dio el nombre de kosmos al mundo, por su orden y belleza, pues eso es lo que significa la palabra”.

Pero lo que me ha llevado a volver a leer el poema de Marcela Duque ha sido una página de La consolación de la filosofía, de Boecio, donde se dice que es el amor el que gobierna el universo, y aquel del que depende su armonía: “todas estas cosas las une el amor que gobierna tierras y mares e impera en el cielo”, de manera que “si él soltara las riendas, todo lo que ahora se ama mutuamente entraría en perpetuo conflicto y en la contienda se destruiría la mecánica que ahora, en esta fiel alianza, anima sus armoniosos movimientos”.

En “La sed que nos define”, el alma humana es la única que no ha encontrado su lugar en el cosmos, la única que se encuentra en “un no-lugar de miles de inquietudes”. También en el poema “La música del universo”, con el que comienza la segunda parte del libro, se habla de “la armonía / del cosmos en esferas”, y de “un deseo / que no encuentra lugar dentro del cosmos”, y también en él el fuego es la imagen que representa dicha inquietud.

El tú del que habla el poema de Marcela Duque es el Amor que mueve el sol y las demás estrellas, el Amor que, en Boecio, “gobierna tierras y mares e impera en el cielo”. La inquietud que el alma siente es “la sed que nos define”, el anhelo profundo por encontrarse con ese Tú. Y el reposo que las cosas han encontrado, pero que ella no ha encontrado todavía, es la dicha que Boecio dice que encontrarían los seres humanos si el amor gobernase sus almas: “¡Oh, qué dichoso sería el género humano si gobernara sus almas el amor que rige los cielos!”

Pero conocer el Amor es, antes que encontrarlo, sentir ese anhelo profundo del alma que nos llena de inquietud, porque la sed que nos define es la sed del corazón que quiere encontrar el Amor. Por eso, “el fuego, las estrellas, los corales / están en su lugar, te han encontrado— / pero sin corazón, no saben de inquietud: / no te conocen”.