Jaime Gil de Biedma afirmaba que dejó de creer demasiado pronto en los mitos que le había proporcionado la lectura de libros de aventuras —“y el cine, aquel cine”— durante la infancia, pero que “la noble ilusión”, “el brillo no apagado del puro ensueño heroico”, nos son imprescindibles en la edad adulta, aunque de ellos no quede más que un montón de imágenes rotas quizá imposibles de recomponer.
Lord Jim, de Joseph Conrad, no sólo es una novela de aventuras llena de belleza, heredera de la noble tradición de las novelas de aventuras de Stevenson, sino también un ejercicio de indagación en el contenido moral que encierra “el brillo no apagado del puro ensueño heroico”.
Lord Jim ha interiorizado el ideal de conducta propio de los caballeros, el código de honor que comparten aquellos que, a diferencia de los canallas, llegado el momento de la verdad —aquél en el que un hombre es puesto a prueba—, se comportan decentemente. Según las palabras de que se sirve Joseph Conrad, Lord Jim está llamado a pertenecer al “mundo de la aventura heroica”.
Sin embargo, una noche en mitad del mar Arábigo, a bordo de un viejo barco de vapor comido de óxido, con un pasaje de ochocientas personas, y a punto de irse a pique, lejos de comportarse como un héroe, Lord Jim se comporta como un cobarde. “—Dios mío ¡qué ocasión perdida!”
Pero Lord Jim forma parte de un mundo en el que rige el antiguo concepto caballeresco del honor, y en el que la vergüenza es una afección propia de almas nobles. De ahí que se sienta merecedor del reproche de sus semejantes, y que se avergüence hasta el punto de imponerse a sí mismo la pena de la proscripción. “La vergüenza quemaba”, dice Marlow. Y el propio Conrad sostiene en el prólogo que el tema de la novela es “la conciencia acendrada del honor perdido”.
Lord Jim, un hombre “cuya existencia entera está basada en una fe honesta, y que tienen el instinto del valor", y que profesa el antiguo ideal aristocrático griego de los kaloì kaì agathoí (“También él era heredero de una tradición poderosa y oscura”), no pertenece al mundo moderno, individualista y utilitarista, sino al mundo antiguo, que representa de forma paradigmática aquella ciudad ideal de Cleóbulo de Lindos, donde “los ciudadanos temen más el reproche que la ley”.
La vergüenza impulsa a Lord Jim a emprender un viaje sin vuelta atrás que lo aleja cada vez más de la civilización, a la espera de que se le presente una segunda oportunidad que le permita redimirse —porque Lord Jim es una novela de redención—. Dicha huida lo conduce al rincón más remoto que cabe imaginar, “a trescientas millas de donde acaban los hilos del telégrafo y las líneas regulares”, a una región mítica en el corazón de la selva malaya llamada Patusán, donde Lord Jim puede demostrar que “era como hay que ser”.
Lord Jim no deja de creer jamás en “la noble ilusión”, en “el brillo no apagado del puro ensueño heroico”, y logra hacerlos realidad en Patusán, donde “los desalmados embustes utilitarios de nuestra civilización se marchitan y mueren”. Lord Jim conquista el amor, el honor y la confianza de los hombres, pero la culminación de sus hazañas consiste en estar a la altura de un ideal de conducta. Nosotros leemos hoy su historia quizá también para recordar quiénes fuimos.







