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domingo, 13 de julio de 2025

Robert Louis Stevenson


En su ensayo sobre Robert Louis Stevenson (publicado por Pre-Textos en 2001, y traducido nada menos que por Aquilino Duque), Chesterton se interesa por la filosofía inherente a la literatura de Stevenson, y sostiene que en el arte del autor de La Isla del Tesoro hay una lección moral “de importancia real para el futuro de la cultura europea y para la esperanza que ha de guiar a nuestros hijos”. ¡Como para no hacerse a la mar a bordo de la Hispaniola, junto con Jim Hawkins, el doctor Livesey, el caballero Trelawney y Long John Silver!

Chesterton defiende la tesis de que la filosofía discernible en los libros de Stevenson coincide, sin que el propio Stevenson lo pretenda, ni sea consciente de ello, con la filosofía cristiana, de ahí que diga que “Stevenson era un teólogo cristiano sin saberlo”.

Con su característico estilo envolvente, Chesterton explica que la obra de Stevenson constituye una reacción romántica contra la corriente de pesimismo, nihilismo y decadentismo que enarbolaba su triunfante bandera negra en la Europa de finales del siglo XIX. Y contra el pesimismo, contra la decadencia representada por los artistas decadentistas, y contra la sombra de Schopenhauer, la bandera que levanta con energía Robert Louis Stevenson es “un Emblema Moral”.

En la literatura de Stevenson no sólo hay un anhelo profundo de felicidad, sino también una defensa vital de la posibilidad de la felicidad. Stevenson escapa de la cárcel del pesimismo al que sus contemporáneos son conducidos gracias a la lección aprendida para siempre en la infancia, en el hogar de su infancia en Edimburgo, “una casa envuelta en oro de cuento de hadas”, y, en concreto, en el cuarto de los niños, donde Stevenson había aprendido a creer en “la poesía de la vida”.

Lo esencial de la obra de Stevenson, el espíritu especial de Stevenson, según Chesterton, es esa defensa de la posibilidad de la felicidad, de la dicha luminosa, de la poesía de la vida, de la bienaventuranza, que se identifica con la infancia, con la pureza, la inocencia, la alegría, el júbilo de la infancia.

En unas páginas emocionantes, llenas de belleza, Chesterton cuenta que Stevenson fue “un hombre obsesionado por una canción, siempre en busca de las notas rotas de una melodía perdida, que él mismo llamaba la nota del ruiseñor devorador del tiempo”, y que sólo los niños oyen bien.

Pero la posibilidad de la felicidad no se encuentra para Stevenson en una Arcadia irrecuperable, en una Edad de Oro a la que no es posible regresar, sino en una forma de entender la vida que no ha olvidado la lección aprendida de corazón en el cuarto de los niños, cuyo símbolo es un teatro de juguete, que toma su nombre de la figura del misterioso Sr. Skelt (un personaje inventado por Stevenson), de tal manera que la filosofía de Stevenson recibe el nombre de Skeltery.

“Stevenson describía el reino de los cielos y lo llamaba Skelt”, dice Chesterton. La verdad que Stevenson descubrió en el cuarto de los niños, jugando con un teatro de juguete, y la lección moral que Chesterton encuentra en su literatura de colores puros, coincide con la honda verdad que los pastores y los Reyes Magos descubrieron hace mucho tiempo ante un pesebre (en otro cuarto de los niños, en “una casa [aquella también] envuelta en oro de cuento de hadas”): “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos”.


lunes, 14 de abril de 2025

La idea de la familia humana


A la propuesta de Inés Hernand de “revertir la familia”, es decir, de sustituir la familia tradicional que uno no ha elegido por “la familia que eliges”, se le pueden poner muchas objeciones. Ana Iris Simón ha dado en el clavo al reprocharle que “es ciega a una realidad misteriosa y bella: que hay una libertad infinita en escoger amar lo que uno no ha elegido, sino que le ha elegido a uno” (de donde se sigue que la “libertad” a la que Ana Iris Simón se refiere no coincide con la idea moderna de libertad, propia de un yo narcisista como el que, según Higinio Marín, padecemos en nuestra época, y que parece incompatible con la idea de “no elegir”). Pero la propuesta de Inés Hernand de 'superar' el concepto tradicional de familia es ciega en más de un sentido.

Estoy convencido de que los lectores de Chesterton no vacilaron en llevarse la mano a la espada (sin la que es sabido que no salen jamás a la calle) tras oír las palabras de la periodista, y —con el entusiasmo de los miembros de la reducida banda de héroes de la Pimpinela Escarlata— parafrasearon al autor de La inocencia del Padre Brown: Inés Hernand no sabe lo que propone hacer porque no sabe lo que propone deshacer.

No hay familias perfectas, e incluso las hay desgraciadas, tal y como sabe cualquier lector de Tolstói, pero la familia es insustituible, porque carece de equivalente, y porque proporciona algo que el alma humana necesita, y que sólo la familia puede proporcionar. De la familia se puede decir lo que Simone Weil dice de la colectividad: que no se le debe respeto por sí misma, sino porque proporciona un “cierto alimento necesario para la vida del alma [...] que no tiene equivalente en todo el universo”. Tal y como explica Simone Weil, la familia “hunde sus raíces en el pasado” y “penetra en el futuro”, de tal forma que constituye un “órgano de transmisión mediante el cual los muertos pueden hablar a los vivos”, y pueden entregarles, no sólo a los vivos, sino también a los aún no nacidos, los tesoros espirituales del pasado.

En Lo que está mal en el mundo, Chesterton sostiene que “la idea de la familia humana” (“la casa ideal, la familia feliz, el hogar”) es uno de esos viejos ideales del pasado necesarios para la humanidad (“quizá es el más viejo de todos”) que la sociedad moderna corre el riesgo de olvidar, de abandonar o de dejar por imposibles. Chesterton dice que la familia es “uno de los grandes ideales del pasado, no cumplidos y a veces abandonados”, uno de esos “templos incompletos” de que el mundo está lleno, una de esas “villas a medio construir abandonadas por un constructor en quiebra”.

¡Cuánto agradecemos a Chesterton que desenvainase la espada en defensa de la noble empresa de “restablecer la familia, libre del sucio cinismo y la crueldad de la era comercial”! ¡Y cuánto le agradecemos también que supiese ver que el dragón contra el que había que luchar en defensa de la familia era el proyecto moderno (él diría la herejía moderna) de crear un ilusorio “hombre nuevo” desarraigado, desvinculado de la colectividad que no hemos elegido, el proyecto moderno consistente en interrumpir la transmisión, y en privar al hombre del alimento necesario para la vida del alma que sólo la familia puede proporcionar!


martes, 21 de enero de 2025

Tras el humanismo


El humanismo parte de una premisa: que la humanidad no es algo dado, sino que constituye un ideal de perfección moral (de ahí que Erasmo dijese que uno no nace hombre, sino que se convierte en hombre: Homo fit, non nascitur), y concibe la educación como educación del carácter, es decir, como el aprendizaje de las virtudes morales, y como el esfuerzo por parte del hombre por alcanzar dicho ideal de perfección moral.

G. K. Chesterton explicaba de una forma deslumbrante que un hombre es un hombre en un sentido radicalmente diferente a como cualquier otro ser de la naturaleza (por ejemplo, un cocodrilo) es lo que es: «Si quisieras disuadir a un hombre de que bebiera su décimo whisky, le darías una palmada en la espalda y le dirías: “Sé un hombre”. Nadie que quisiese disuadir a un cocodrilo de que se comiera a su décimo explorador le daría una palmada en la espalda y le diría: “Sé un cocodrilo”».

En Tras el humanismo, Rémi Brague entiende el humanismo como «un esfuerzo del hombre por estar a la altura de su propia humanidad», y explica que entraña una antropología, es decir, una reflexión acerca de aquello que hace al hombre ser hombre (la cuestión de la esencia), y que exige no sólo un ejercicio intelectual sino también una disciplina práctica.

La antropología cristiana afirma que Jesucristo «llevó la humanidad del hombre a su plena realización», y que, por lo tanto, encarna el ideal de perfección moral que el hombre debe imitar para convertirse en quien realmente está llamado a ser. De acuerdo con esto, y con la premisa de que parte el humanismo, Rémi Brague sostiene que nosotros «no somos más que hombrecillos en vías de humanización», y que «cada hombre ahora vivo o muerto [es] un esbozo de “quien ha de venir”».

Rémi Brague explica que la antropología cristiana es excéntrica, porque presenta un modelo de hombre a imitar exterior a sí mismo, y radicaliza el ideal educativo clásico, porque, a diferencia de los studia humanitatis, «el modelo no es una persona humana, sino la imagen para la que fue creado todo ser humano». De ahí que concluya que «una antropología verdaderamente cristiana es una cristología», y que «cualquier otro tipo de antropología no es más que una descripción provisional del hombre caído», y, por lo tanto, «es radicalmente inadecuada».

Rémi Brague hace una crítica del «humanismo excluyente», o «humanismo ateo» (que no tolera ningún modelo de excelencia por encima del propio hombre), del «proyecto moderno de crear un “hombre nuevo” por medios humanos» (que se remonta a Hobbes, en el siglo XVII, a Rousseau, en el siglo XVIII, y que desemboca en el transhumanismo), y del «humanitarismo» (entendido como amor a la humanidad global en abstracto, «olvidando o descuidando voluntariamente los niveles intermedios de la familia y la nación»).

El ser humano está inacabado, pero es incapaz de convertirse por sus propios medios en quien realmente está llamado a ser, de ahí que dependa de la gracia de Dios. Ahora bien, está dotado de logos, lo que le permite estar abierto a la Palabra de Dios, comprender la ley moral, conocer la idea profundamente optimista que Dios tiene del ser humano, y descubrir su verdadera vocación.


miércoles, 6 de noviembre de 2024

El adalid del Diente de León


En su ensayo “Sobre Chesterton”, Jorge Luis Borges dice que “Chesterton pensó [...] que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna desventura debe eximirnos de una suerte de cósmica gratitud”. En efecto, Chesterton consideraba que el objetivo de la vida es la capacidad de apreciar, y que la idea principal de su vida era la idea de aceptar las cosas con gratitud.

En su Autobiografía, Chesterton explica que en un momento determinado de su vida se convirtió en “el adalid del Diente de León”. El diente de león, al que ya se había referido en un libro de poemas juvenil, es considerado una mala hierba, y representa las cosas sencillas, el milagro cotidiano de la existencia, que Chesterton nos enseña a apreciar, y ante el que nos invita a maravillarnos y a sentir agradecimiento.

La actitud de Chesterton tiene mucho de candor quijotesco. Al igual que les ocurre a los personajes de su última novela, El regreso de don Quijote, Chesterton se dio cuenta de que era preciso “oponerse al pesimismo suicida de los grandes reaccionarios que habían declarado concluida la edad de la caballería”.

Chesterton entendió, como don Quijote, que la venta es en realidad un castillo, y que los hombres corrientes que hay en su interior son caballeros sin saberlo. “Verificó”, tal y como le ocurre al protagonista de El Napoleón de Notting Hill, “un hecho que todos los románticos conocen de memoria, esto es, que las aventuras suceden en los días sombríos, no en los soleados. Cuando la cuerda de la monotonía se tensa al máximo produce el sonido de una canción”. ¡Y con qué sabiduría supo Chesterton cantar a los placeres poéticos que se derivan de los innumerables inconvenientes accidentales de la vida cotidiana para incorporarlos a su propia felicidad!

En El diario de la felicidad, escrito en una cárcel comunista, Nicolae Steinhardt identifica perfectamente la clave de Chesterton: “Una aventura no es subirse a un lujoso yate y dar la vuelta al mundo; la aventura (y el romanticismo) consiste en hacer fructificar la vida que te ha tocado allí donde has nacido por casualidad y en las condiciones dadas”.

La grandeza de Chesterton estriba en ver lo grande en lo pequeño: lo milagroso en lo cotidiano, la belleza en la más humilde brizna de hierba, y el coraje moral del caballero andante en el corazón del hombre corriente. Al hacerlo, Chesterton rescató quijotescamente a la humanidad del pesimismo propio de los encantadores del fin de siècle, bajo cuyo hechizo la alegría había sido sustituida en el corazón de los hombres por la pena, la languidez y la desesperanza, y a los que, como don Quijote en el poema “The Golden Age”, de W. H. Auden, Chesterton desafió con candor:

It shall not be! Enchanters, flee! I challenge you to battle me! / Your powers I with scorn defy, your spells shall never rattle me.

El diente de león es ya para nosotros la empresa que hemos de grabar en nuestro escudo de armas, y que hemos de pintar con los colores vivos de la poesía, porque Chesterton ha ganado nuestros corazones para siempre.


JACULATORIA

San Chesterton, enséñanos a ver

la brizna más pequeña de belleza.


sábado, 17 de agosto de 2024

Corazón


En el artículo “Te voy a contar un cuento” (La Gaceta, 13-8-2024), Esperanza Ruiz sostiene que “los cuentos clásicos tienen la misión de enseñar a los pequeños que el mal existe”, y que ofrecen representaciones del mismo que ayudan a identificarlo en el mundo real, en contraste con la tendencia actual a omitir, desdibujar o escamotear su existencia. Asimismo, recuerda que dicha tendencia lleva no sólo a relativizar el mal, sino también, “en el último estadio de perversión, [a] percibir el mal como un bien”. El empeño de la bruja de Blancanieves no ya por arrancar el corazón de su hijastra, sino por comérselo, representaría este último estadio de perversión.

Los cuentos clásicos son un espejo que refleja nuestra imagen en forma de enigma, de ahí que no sólo hablen de lo que ocurre en el Reino de Fantasía sino también de lo que ocurre en el mundo real. Además, en las mejores obras literarias hay siempre un trasfondo moral, porque tienen siempre por tema un conflicto moral. El bosque en el que Hansel y Gretel dejan tras de sí un rastro de migas de pan, o las alcantarillas infestadas de ratas que el soldadito de plomo recorre en su particular Vía Dolorosa a bordo de un barco de papel, o las estepas nevadas del Lejano Norte, donde aúllan los lobos y graznan los cuervos, que la pequeña Gerda atraviesa a lomos de un reno en busca del palacio de la Reina de las Nieves, son lugares que pertenecen de forma ineludible a la geografía del alma humana.

G. K. Chesterton sostiene que “cuanto más podamos ver la vida como un cuento de hadas, más claramente el cuento ha de resolverse en una guerra contra el dragón que está arruinando el país de las hadas”. No sólo porque los cuentos de hadas nos ayudan a identificar al dragón en el mundo real, sino también porque la guerra contra el dragón que está arruinando el país de las hadas es también la guerra contra el dragón que está tratando de destruir nuestra propia alma.

En La abolición del hombre, C. S. Lewis explica que “la cabeza gobierna el vientre mediante el corazón”, de tal forma que “se podría decir que es por este elemento intermedio por lo que el hombre es hombre: por su intelecto es mero espíritu y por su instinto es mero animal”. El corazón es el lugar donde se sitúan los sentimientos morales, los “afectos ordenados”, según Aristóteles, que inclinan a obrar de acuerdo con lo que la razón discierne como bueno. También es el lugar en el que Dios ha inscrito la ley moral, en consonancia con la ley natural (“La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo”, dice el cardenal John Henry Newman).

El mal apunta siempre al corazón, porque arrancar el corazón significa arrancar los sentimientos morales, y, con ellos, como explica impecablemente C. S. Lewis, “nuestras prerrogativas humanas” (porque aquellos que han sido despojados de los sentimientos morales, de los principios morales últimos, son “hombres que han sacrificado su parte de humanidad tradicional”, “no son hombres en absoluto, son artefactos”). De ahí que las brujas del páramo pronuncien un conjuro tan revelador para arrastrar a Macbeth al último estadio de perversión: “Lo bello es feo y lo feo es bello” (“Fair is foul and foul is fair”). De ahí también que el corazón de Kay esté a punto de convertirse en un témpano de hielo, después de que una esquirla de cristal se le haya metido en un ojo, y se le haya clavado en el corazón (porque el ojo y el corazón están conectados).


jueves, 1 de febrero de 2024

Moderadamente moderno


En Moderadamente moderno, Rémi Brague sostiene que "las ideas modernas son pre-modernas". La modernidad hace suya una mercancía añeja mediante una treta consistente en cambiarle la etiqueta. Así, la "esperanza" cristiana se convierte en "optimismo", y la "Cristiandad" misma pasa a llamarse "Europa". "La elección de una designación nueva" permite "disimular el origen de aquello que se toma prestado". Chesterton había expresado la misma idea en Por qué soy católico: "los ideales morales modernos [...] han sido tomados prestados o arrancados de las manos antiguas o medievales". Por ejemplo, el "derecho a la vida" es la nueva etiqueta del viejo axioma del carácter sagrado de la vida humana. Por un lado, expresa un principio moral recogido en el quinto mandamiento: "No matarás". Por otro, no sólo oculta su origen premoderno, sino que también elude su fundamentación en algo extrínseco.

La rebelión de las ideas modernas contra el origen del que proceden es "la rebelión de las ramas contra el árbol" de la que hablaba C. S. Lewis en La abolición del hombre. Dicha rebelión estriba en último término en "la reivindicación por parte del hombre de una total autonomía en relación a cualquier trascendencia". La modernidad es proclive a sostener que los ideales morales tienen un carácter relativo, porque aceptar que tienen un carácter absoluto implica reconocer que están fundamentados en una causa trascendente. Rémi Brague sostiene que "quizás el problema de la modernidad" es "de dónde saca su legitimidad el hombre del humanismo moderno".


sábado, 4 de noviembre de 2023

Los ortodoxos de las dos botellas

En la Apologia pro vita sua, el cardenal John Henry Newman habla de los “ortodoxos de las dos botellas”. Los traductores Víctor García Ruiz y José Morales explican en una nota que dicha expresión hace referencia “a los eclesiásticos que, según se decía, tomaban brandy a la salud de “la Iglesia y el rey”, [o que] bebían dos botellas de vino al día como protesta contra los Puritanos”.

Imagino un club de “ortodoxos de las dos botellas” fundado hoy, en el que los ortodoxos serían chestertonianos, las dos botellas serían de jerez, y al que pertenecería, cómo no, Enrique García-Máiquez.


ESTO PERPETUA!


Dios quiere que en la bóveda celeste

brille la luz de todas las estrellas.

¡Brillemos, caballeros, igualmente

los ortodoxos de las dos botellas!


Como Dante Alighieri en el exilio

bajo la cándida bandera güelfa

y como Tomás Moro en el presidio

de Londres a la luz de su conciencia.


Brillemos, y brindemos, como Chesterton.

A falta de jerez, vale cerveza.

Brindemos, al morir, en nuestros féretros,


por el bien, la verdad y la belleza.

Y en el Cielo digamos sin rebozo:

“Esto perpetua!”, como Samuel Johnson.