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martes, 30 de diciembre de 2025

Noche de Reyes


La noche de Reyes es una bendita rémora que impide la consumación del weberiano desencantamiento del mundo.

Sólo si los descreídos hijos de la edad moderna se hacen de nuevo niños, sólo si regresan con la ayuda de sus hijos a su propia infancia, y vuelven a mirar alrededor con ojos asombrados, no olvidarán del todo qué significa habitar poéticamente el mundo.

Los niños son una bendición para la humanidad entre otras cosas porque les proporcionan a los adultos la oportunidad de convertirse de nuevo en niños la noche de Reyes, escapar del escepticismo que hiela los corazones, y regresar de su mano al menos por unas horas a un mundo lleno de misterio.

“Quien no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Marcos, 10, 15), y quien no viva la noche de Reyes como niño, no entrará en ella. Así como es preciso nacer de nuevo para poder ver el Reino de Dios, es preciso también convertirse de nuevo en niño para vivir la fiesta de la Epifanía.

Malcolm Guite sostiene que no es el mundo el que necesita ser re-encantado, sino que somos nosotros los que necesitamos ser des-desencantados (“We need to be un-disenchanted”): “Tenemos que abrir nuestros ojos y nuestros oídos a las maravillas y a la belleza y al sentido que ya está ahí en el cosmos pero que hemos ignorado sistemáticamente durante los últimos doscientos o trescientos años”.

Los Reyes Magos señalan el camino que nos lleva a darnos cuenta de que, como dice el poema de Miguel d'Ors, “todas las noches son noches de Reyes”. La celebración de los Reyes Magos graba a fuego esa verdad en el corazón de los niños, con la esperanza de que de mayores no la olviden, y de que permanezcan fieles a ese ideal.

sábado, 3 de mayo de 2025

El cuerpo luminoso de los poetas


En el poema “Nocturno (frustrado)”, Miguel d'Ors expresa con sorna d'orsiana su enojo contra Baudelaire, Goethe y Borges, porque se interponen entre él y la luna, impidiéndole verla limpiamente: “Maldito Baudelaire, malditos Goethe y Borges, / que ahora que contemplo / la luna no me dejan ver / la luna”. O, dicho con las palabras del propio Borges en el poema “La luna”, porque le impiden verla sin el “antiguo llanto” de que han colmado a la luna “los largos siglos / de la vigilia humana”.

Para Miguel d'Ors, la luna estaría recubierta de adherencias literarias, segregadas por los poetas que, como Baudelaire, Goethe y Borges, han escrito sobre ella, de tal manera que no le es posible verla. Para Borges, “la luna de las noches no es la luna / que vio el primer Adán”, sino que es, de alguna forma, la suma de todas las lunas que los hombres han visto, la suma de todas las lunas que los poetas han cantado (“Más que las lunas de las noches puedo / recordar las del verso”). Borges, tan dado a los espejos, dice que la luna es un espejo que devuelve al que la mira no sólo su reflejo, sino el reflejo de todos aquellos que a lo largo de los tiempos la han mirado.

Parecen dos posturas contrapuestas. Miguel d'Ors sería el poeta de la mirada limpia, el poeta de cuerpo luminoso, mientras que Borges sería el poeta de la tradición, el poeta de cuerpo opaco. Pero esta contraposición es falsa, porque el cuerpo de todos los poetas es luminoso.

Para Miguel d'Ors, como para San Mateo, la lámpara que permite ver la luna es “el ojo” (el ojo limpio), de tal forma que el poeta de verdad (es decir, el poeta que alcanza a ver la luna) es el poeta de cuerpo luminoso, porque, como dice el evangelista, “si tu ojo es limpio, todo tu cuerpo será luminoso” (Mateo, 6, 22). En el poema “Cerca del fuego”, Miguel d'Ors escribe: “Los libros no me sirven / si no me dejan contemplar la hierba”.

Para Borges, la lámpara que permite ver la luna es la tradición literaria, el cuerpo opaco de la tradición literaria, cuya opacidad, cuya densidad, llena la luna hasta convertirla en lo que realmente es: no ya la luna, sino la luna de los poetas, la luna de los hombres (que no es sino la verdad que la luna dice acerca de los hombres), toda vez que la tradición literaria es el espejo que devuelve nuestra propia imagen en forma de enigma. “El arte debe ser como ese espejo / que nos revela nuestra propia cara”, dice Borges.

En el libro VI de la Eneida, Eneas desciende al reino de los muertos, y se reencuentra con Dido en el “campo de las lágrimas”, por cuyas sendas vagan entre mirtos “los que el duro amor / fue consumiendo con su cruel congoja”. Virgilio dice (en la maravillosa traducción de Javier de Echave-Sustaeta) que Dido camina “con su herida abierta todavía”, y que Eneas ve “su sombra velada entre las sombras, / lo mismo que se ve o parece verse / la luna nueva alzarse entre las nubes”. Eneas llora, le habla, intenta detenerla, pero Dido lo rehuye, guarda silencio, esquiva su mirada.


¿Cómo no ver entonces en la luna

nueva la sombra de la reina Dido

vagando por el campo de las lágrimas

como un fantasma mudo entre los mirtos?


ENEIDA LIBRO VI (haikus)


Dido recorre

el campo de las lágrimas.

La luna nueva.

*

La luna nueva

es un fantasma mudo

entre los mirtos.