martes, 29 de septiembre de 2026

Conrad y sus precursores


Una de las muchas maravillas imprevistas que depara la lectura de los nueve libros de las Historias de Heródoto de Halicarnaso consiste en descubrir entre sus páginas un personaje de estirpe conradiana. Este descubrimiento no sólo permite ver en la obra de Joseph Conrad universales antropológicos, presentes ya en los sucesos narrados por Heródoto, sino que también confirma la idea expresada por Jorge Luis Borges de que “cada escritor crea a sus precursores”.

En el ensayo “Kafka y sus precursores”, Borges sostenía que “[la] labor [de cada escritor] modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”, de tal forma que, por ejemplo, nuestra lectura de Kafka afina nuestra lectura de Zenón de Elea, hasta el punto de que es posible afirmar que Zenón es un precursor de Kafka, y que el Aquiles de la paradoja de Aquiles y la tortuga es el primer personaje kafkiano de la literatura.

Las obras del pasado iluminan el sentido de las del presente, pero no menos que lo que habrán de hacerlo las del futuro (de ahí que se pueda sostener que hay cosas que los libros no dicen todavía). A la luz de la Comedia, Ulises se convierte en un personaje dantiano, pero el Ulises de Homero tuvo que esperar más de dos mil años para decir lo que dice en el canto XXVI del Infierno.

Cualquier lector de Lord Jim descubrirá en Heródoto a un precursor de Joseph Conrad, y en el lacedemonio Aristodemo a un personaje conradiano (que carga, además de con las armas del soldado hoplita, con el lastre de una conradiana “cosecha de remordimientos inextinguibles”). Tal y como es sabido, Aristodemo fue el único de los Trescientos espartanos que sobrevivió a la batalla de las Termópilas. Habiéndoles permitido Leónidas a él y a otro espartano llamado Éurito abandonar el campamento “por padecer una oftalmia [es decir, una inflamación de los ojos] en el grado más grave”, Heródoto cuenta que Éurito quiso con todo precipitarse en el tumulto de la batalla, donde pereció, mientras que Aristodemo “por faltarle valor quedó vivo”.

No es de extrañar que Aristodemo padeciese el desprecio de los suyos a su regreso a Esparta, donde era llamado Aristodemo “el cobarde”, y donde “fue deshonrado sufriendo las siguientes desgracias: ninguno de los espartiatas le daba fuego ni le hablaba”, toda vez que el sentido del honor, tan propio de las culturas mediterráneas, es un invento griego.

Lo que convierte a Aristodemo en un personaje conradiano, y, concretamente, en un Lord Jim de la Hélade del siglo V a. C., es “la conciencia acendrada del honor perdido”. Así como la vergüenza empuja a Lord Jim tras su comportamiento cobarde a bordo del Patna, el oprobio acompaña a Aristodemo tras su comportamiento cobarde en las Termópilas. Así como Lord Jim recupera el honor perdido en un rincón de la selva malaya llamado Patusán, Aristodemo recupera el honor perdido en la batalla de Platea. Y así como la vergüenza le quema a Lord Jim hasta el punto de acudir desarmado al encuentro de la muerte, la vergüenza lleva a Aristodemo a convertirse, según la opinión de Heródoto, en “el más valiente con mucho” de los griegos que lucharon en la batalla de Platea, y a “querer manifiestamente morir a causa de la acusación que sobre él pesaba”.


martes, 22 de septiembre de 2026

La inocencia de don Quijote


Lo que don Quijote de la Mancha tiene de inocencia, de ingenuidad, de pureza de espíritu, es lo que tiene de nobleza, porque la inocencia es la nobleza.

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El dolor es un resto de inocencia.

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La pérdida de la inocencia es la pérdida del misterio.

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Las siglas son espectros de palabras. Un lenguaje hecho de siglas sería una fantasmagoría.

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Las siglas INRI evocan el paisaje inhóspito del Gólgota. La actual proliferación de siglas evoca también un paisaje inhóspito: el de un mundo cada vez más fantasmal.

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La corrupción moral comienza siempre como corrupción del lenguaje.

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Embadurnarse con el lenguaje acostumbra a revelar una forma de inmoralidad.

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Hay corazones enterrados bajo capas de sociabilidad al igual que hay corazones enterrados bajo capas de insociabilidad.

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Si de algo no depende la existencia de Dios es precisamente de lo que cada uno crea.

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El dipsómano es el bebedor pesimista, porque ve siempre la copa medio vacía.

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La mirada de Alfanhuí es una lámpara que hace que el mundo brille a su alrededor como un estremecido fanal multicolor.

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La contemplación de la belleza es un aldabonazo que nos impulsa a ser mejores.

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La belleza nos devuelve la inocencia.

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Melancolía 

del campo en la ciudad.

El extrarradio.

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La flor del cardo.

El corazón del hombre 

del extrarradio.