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lunes, 15 de julio de 2024

El pábilo vacilante


Enrique García-Máiquez estuvo a punto de salir volando una vez en un callejón estrecho del Puerto de Santa María, no porque el viento de levante quisiese arrebatarle un cuadro que llevaba bajo el brazo, sino porque comparte algo con los ángeles de Chesterton: no tiene ni un gramo de vanidad.

En el título de la segunda entrega de sus dietarios: El pábilo vacilante (2012), al igual que en el de su primer poemario: Haz de luz (1997), están presentes tanto la humildad como la vocación radiante.

El pábilo vacilante comprende un período de cuatro años (de 2008 a 2011), en el que al poeta le ocurren hechos decisivos que dejan una honda huella: la experiencia de un matrimonio sin hijos que quiere tenerlos, la muerte de la madre tras una enfermedad, el nacimiento de la hija primera tras nueve años de espera, y, en todo momento, como un latido de fondo, como el latido acompasado de dos corazones, el amor conyugal.

Enrique García-Máiquez practica con elegancia el arte de la contención, que incrementa la potencia expresiva. Pero lo que pone un nudo en la garganta es la Fe, la confianza en la Providencia, “que todo lo conduce, aun por los caminos más misteriosos, al bien supremo de nuestra Redención”. También en esto Enrique García-Máiquez es chestertónicamente optimista. José Miguel Ibáñez Langlois ha escrito que “en la Providencia de Dios se funda el más radical de los optimismos, nuestro optimismo teologal”.

¡Qué bonita es la edición realizada por la editorial Renacimiento! ¡Y qué bonito es el cuadro del pintor polaco Konrad Krzyzanowski que aparece en la portada, y que se titula A la luz de una vela!

En El pábilo vacilante se descubren múltiples rastros de migas de pan que desembocan en otros libros del autor, o semillas de árboles que habrían de germinar más adelante en libros que aún no existían. Enrique García-Máiquez dibuja lo que el poeta recién fallecido José María Álvarez expresó así: “La lealtad que mi alma / Guarda a determinados / Paisajes rostros libros”. Se podría hacer una lista, a la manera de Georges Perec, de estos tesoros encontrados en las páginas del dietario.

La poesía está presente en cada página, como la vocación a la que el autor guarda siempre fidelidad, como una compañía que no lo abandona ni en los momentos  trascendentales ni en los momentos cotidianos (que, bien mirados, son también trascendentales). Pero, sobre todo, la Poesía con mayúsculas se hace realidad en la voluntad de ver a los demás como los ve Dios, objetivo al que se acerca prodigiosamente al verlos con los ojos maravillados con los que un padre contempla la ecografía de su hija.


sábado, 4 de mayo de 2024

Ejecutoria

Frente a (o por debajo de) la figura del caballero que Enrique García-Máiquez dibuja en Ejecutoria. Una hidalguía del espíritu, y que camina a contracorriente como en aquel anuncio de Chivas, se descubre la figura que se le contrapone, como el negativo fotográfico de la primera.

En el andén de la estación de ferrocarril de Toulouse en el que ve por primera vez a Rosa Krüger, Teodoro Castells exclama: “Cada uno tiene su agua clara, su agua de vida”. La hidalguía de espíritu es para Enrique García-Máiquez “su agua clara, su agua de vida”, “una visión pura”, “una estrella del cielo que puede guiarnos siempre y a la que poder arribar”, un ideal de excelencia que nos hace querer ser mejores, y que nos incita a elevarnos por encima de nosotros mismos hasta convertirnos en quienes estamos llamados a ser.

La figura que se contrapone a la del hidalgo no es la de Sancho Panza (que en las páginas de este libro queda para siempre ennoblecido por boca de la hija del autor con el título de don Sancho de la Panza), sino, en todo caso, la del pícaro, la del engañador, la del cínico, “resabiado, taciturno, esquinado, a la defensiva”, que ha perdido la inocencia como Lázaro de Tormes.

Un rasgo esencial del hidalgo de espíritu son sus raíces, de ahí que la figura que se le contrapone sea la del desarraigado. Tal y como dice Simone Weil, “un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro”. La hidalguía de espíritu es el tesoro que Enrique García-Máiquez defiende a pecho descubierto. El hidalgo de espíritu “recibe la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual” de la comunidad de grandparents & ancestors en la que hunde sus raíces, que le transmite el fuego encendido de las ideas del bien, de la verdad y de la belleza, y que conforman un árbol bibliogenealógico (tanto de sangre como de tinta) que le incita a estar a la altura.

El monstruo contra el que el poeta Enrique García-Máiquez blande su espada, y contra el que se bate con todo su corazón, es el nihilismo. También pelea para rescatar de sus garras a los desarraigados, que recuerdan al hombre de corazón atrofiado de que habla C. S. Lewis, que han sido despojados de la herencia moral, estética, intelectual y espiritual que les corresponde, y que deambulan ensordecidos ante la exigencia del torso de Apolo que nos sigue diciendo, como a Rilke: “Tienes que cambiar tu vida”.


sábado, 4 de noviembre de 2023

Los ortodoxos de las dos botellas

En la Apologia pro vita sua, el cardenal John Henry Newman habla de los “ortodoxos de las dos botellas”. Los traductores Víctor García Ruiz y José Morales explican en una nota que dicha expresión hace referencia “a los eclesiásticos que, según se decía, tomaban brandy a la salud de “la Iglesia y el rey”, [o que] bebían dos botellas de vino al día como protesta contra los Puritanos”.

Imagino un club de “ortodoxos de las dos botellas” fundado hoy, en el que los ortodoxos serían chestertonianos, las dos botellas serían de jerez, y al que pertenecería, cómo no, Enrique García-Máiquez.


ESTO PERPETUA!


Dios quiere que en la bóveda celeste

brille la luz de todas las estrellas.

¡Brillemos, caballeros, igualmente

los ortodoxos de las dos botellas!


Como Dante Alighieri en el exilio

bajo la cándida bandera güelfa

y como Tomás Moro en el presidio

de Londres a la luz de su conciencia.


Brillemos, y brindemos, como Chesterton.

A falta de jerez, vale cerveza.

Brindemos, al morir, en nuestros féretros,


por el bien, la verdad y la belleza.

Y en el Cielo digamos sin rebozo:

“Esto perpetua!”, como Samuel Johnson.


jueves, 15 de junio de 2023

Brideshead & Lear


Las obras de arte poseen la virtud de hacer de caja de resonancia de otras obras de arte, de forma que en todas ellas resuenan ecos de obras anteriores, produciéndose así un efecto de amplificación. Por ejemplo, en el poema “Al ruiseñor”, de Borges, se oye el eco de la “Oda a un ruiseñor”, de Keats. Y esta resonancia nos permite entender que el ruiseñor de Borges es también el ruiseñor de Keats, de igual forma que “el ruiseñor de Keats es también el ruiseñor de Ruth”, y que, por lo tanto, el ruiseñor de Borges es también el ruiseñor de Ruth. La poesía se convierte así en “un rumor de remotos ruiseñores”.

En Retorno a Brideshead resuenan ecos de El rey Lear, de forma que la novela de Evelyn Waugh cobra un sentido más hondo a la luz de la tragedia de Shakespeare. Cuando estalla la tormenta en alta mar, Julia y Charles hacen referencia a la escena de El rey Lear en que Lear, Kent y el bufón se hallan a la intemperie bajo la tempestad en la segunda escena del tercer acto. “―Como el rey Lear. ―Sólo que cada uno de nosotros es los tres a la vez”. Por otro lado, el nombre de Cordelia no sólo remite al de la protagonista de El rey Lear, sino que también es la clave que permite entender que la hija menor del rey Lear es la figura especular de la hija menor de la familia Flyte. El carácter de ambos personajes estriba en su pureza.

En el espléndido artículo “El secreto de Retorno a Brideshead” (Revista Centinela), Enrique García-Máiquez sostiene que el tema “axial” de la novela de Evelyn Waugh es la aceptación de la pobreza como ascesis que lleva a Dios. Gracias a Sebastian, Charles Ryder descubre un mundo aristocrático donde la riqueza no cumple una función ostentatoria, como diría Thorstein Veblen, sino que está puesta al servicio de la belleza. La novela cuenta la historia de unos personajes pertenecientes a dicho mundo que son despojados progresivamente de lo más preciado, y que se ven forzados a aprender de forma tortuosa a aceptar dicho despojamiento como camino para alcanzar un bien superior. En el curso de dicho aprendizaje el apego es un obstáculo no menor.

En una charla con Charles, Lady Marchmain dice que es difícil pero no imposible que un rico entre en el reino de los cielos, al igual que es “insólito” pero no imposible que un camello entre por el ojo de una aguja, porque “para Dios todo es posible”. El episodio evangélico del joven rico al que se hace referencia muestra que el apego a la riqueza es un obstáculo en el camino que lleva a Dios. Para Cordelia no existe dicho obstáculo porque carece de dicho apego (al igual que le ocurre a la Cordelia de El rey Lear). Para el resto de los (no tan) jóvenes ricos de Retorno a Brideshead, se cumplen las palabras de Kent: “Nothing almost sees miracles but misery”, porque el camino que lleva a descubrir el misterio de las cosas pasa por el desprendimiento.