Una de las muchas sorpresas felices que depara la lectura de los nueve libros de las Historias de Heródoto de Halicarnaso consiste en descubrir entre sus páginas un personaje de estirpe conradiana. Este descubrimiento no sólo permite ver en Joseph Conrad universales antropológicos, presentes ya en los sucesos narrados por Heródoto, sino que también confirma la idea expresada por Borges de que “cada escritor crea a sus precursores”.
En el ensayo “Kafka y sus precursores”, Borges sostenía que “[la] labor [de cada escritor] modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”, de tal forma que, por ejemplo, nuestra lectura de Kafka afina nuestra lectura de Zenón de Elea, hasta el punto de que es posible afirmar que Zenón es un precursor de Kafka, y que el Aquiles de la paradoja de Aquiles y la tortuga es el primer personaje kafkiano de la literatura.
Las obras del pasado iluminan el sentido de las del presente, pero no menos que lo que habrán de hacerlo las del futuro (de ahí que se pueda sostener que hay cosas que los libros no dicen todavía). A la luz de la Comedia, Ulises se convierte en un personaje dantiano, pero el Ulises de Homero tuvo que esperar más de dos mil años para decir lo que dice en el Infierno.
Cualquier lector de Lord Jim descubrirá en Heródoto a un precursor de Joseph Conrad, y en el personaje del lacedemonio Aristodemo a un personaje conradiano. Tal y como es sabido, Aristodemo fue el único de los Trescientos espartanos que sobrevivió a la batalla de las Termópilas. Habiéndoles permitido Leónidas a él y a otro espartano llamado Éurito abandonar el campamento “por padecer una oftalmia [es decir, una inflamación de los ojos] en el grado más grave”, Heródoto cuenta que Éurito quiso con todo precipitarse en el tumulto de la batalla, donde pereció, mientras que Aristodemo “por faltarle valor quedó vivo”.
No es de extrañar que Aristodemo padeciese el desprecio de los suyos a su regreso a Esparta, donde era llamado Aristodemo “el cobarde”, y donde “fue deshonrado sufriendo las siguientes desgracias: ninguno de los espartiatas le daba fuego ni le hablaba”, toda vez que el sentido del honor, tan propio de las culturas mediterráneas, es un invento griego.
Lo que convierte a Aristodemo en un personaje conradiano, y, concretamente, en un Lord Jim de la Hélade del siglo V a. C., es “la conciencia acendrada del honor perdido”. Así como la vergüenza empuja a Lord Jim tras su comportamiento cobarde a bordo del Patna, el oprobio acompaña a Aristodemo tras su comportamiento cobarde en las Termópilas. Así como Lord Jim recupera el honor perdido en un rincón de la selva malaya llamado Patusán, Aristodemo recupera el honor perdido en la batalla de Platea. Y así como la vergüenza le quema a Lord Jim hasta el punto de acudir desarmado al encuentro de la muerte, la vergüenza lleva a Aristodemo a convertirse, según la opinión de Heródoto, en “el más valiente con mucho” de los griegos que lucharon en la batalla de Platea, y a “querer manifiestamente morir a causa de la acusación que sobre él pesaba”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario