Jorge Luis Borges sostenía que la ceguera no había sido para él una desventura, sino un don, debido fundamentalmente a que había decidido pensar que le había sido dada como instrumento que debía aprovechar para un fin más alto. En unas páginas conmovedoras, que tienen su origen en una conferencia pronunciada en Buenos Aires en 1977, y que publicó bajo el título de “La ceguera”, Borges explica que las desventuras son “el antiguo alimento de los héroes”, porque “esas cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo”. He aquí la actitud heroica por antonomasia, no sólo valiente, sino también limpia de cualquier atisbo de queja, de resentimiento o de autocompasión, y, en último término, sabia, porque la verdadera sabiduría consiste, como nos enseñó Chesterton, en aprender a apreciar, a sentir gratitud, y a devolver con creces en forma de bien los dones misteriosamente recibidos.
La poesía, “que transforma las penas verdaderas / en una música, un rumor y un símbolo” —como escribió, ya ciego, en El hacedor (1960)— fue para Borges el fin más alto para el que entendió que la ceguera le había sido dada. La actitud agradecida le llevó a escribir el “Poema de los dones”, donde la ceguera es vista, no como una desgracia fortuita, sino como un don misterioso, ante el que el poeta elige, con elegancia, no caer en el rencor o en el lamento: “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”. Por lo demás, la elegancia de Borges en dicho poema no sólo se refleja en el rechazo de la queja y del victimismo, sino también en el fino sentido del humor.
Admiro la entereza que demuestra dicha actitud ante la adversidad. Porque en la actitud de Borges ante la ceguera hay, ante todo, entereza, es decir, valentía —la valentía es la virtud borgiana por excelencia—. La valentía de Melville, la del padre del propio Borges ante la muerte, la de Einar Tambarskelver, primer arquero de Noruega, la de Carlos XII de Suecia, la de Carlos I de Inglaterra en el patíbulo una mañana de 1649, la del caballero que cabalga imperturbable en “El caballero, la muerte y el diablo”, de Durero. “No hay otra obligación que ser valiente”, escribió Borges. Y, también, “Supiste que vencer o ser vencido / Son caras de un Azar indiferente, / Que no hay otra virtud que ser valiente”.

Es uno de mis poemas favoritos de Borges. Pero la verdad, pensaba que era una pequeña gran licencia poética, sin embargo, se lo ha dicho también en una entrevista significa que tenía esa entereza heroica de la que hablas y admiras. La he visto también en hombres y mujeres de la montaña alavesa, que con una madre muy enferma y tras cuidar a un padre también muy enfermo se encogían de hombros y simplemente decían: es lo que hay.
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