La noche de Reyes es una bendita rémora que impide la consumación del weberiano desencantamiento del mundo.
Sólo si los descreídos hijos de la edad moderna se hacen de nuevo niños, sólo si regresan con la ayuda de sus hijos a su propia infancia, y vuelven a mirar alrededor con ojos asombrados, no olvidarán del todo qué significa habitar poéticamente el mundo.
“De los mil extraños modos con que el ser humano prueba que no es un ser racional —cualquier otra cosa que sea—, ninguno tan misterioso e inexpresable como el secreto de la niñez”, dice Chesterton.
Los niños son una bendición para la humanidad entre otras cosas porque les proporcionan a los adultos la oportunidad de convertirse de nuevo en niños la noche de Reyes, escapar del escepticismo que hiela los corazones, y regresar de su mano al menos por unas horas a un mundo lleno de misterio.
“Quien no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Marcos, 10, 15), y quien no viva la noche de Reyes como niño, no entrará en ella. Así como es preciso nacer de nuevo para poder ver el Reino de Dios, es preciso también convertirse de nuevo en niño para vivir la fiesta de la Epifanía.
Malcolm Guite sostiene que no es el mundo el que necesita ser re-encantado, sino que somos nosotros los que necesitamos ser des-desencantados (“We need to be un-disenchanted”): “Tenemos que abrir nuestros ojos y nuestros oídos a las maravillas y a la belleza y al sentido que ya está ahí en el cosmos pero que hemos ignorado sistemáticamente durante los últimos doscientos o trescientos años”.
Los Reyes Magos señalan el camino que nos lleva a darnos cuenta de que, como dice el poema de Miguel d'Ors, “todas las noches son noches de Reyes”. La celebración de los Reyes Magos graba a fuego esa verdad en el corazón de los niños, con la esperanza de que de mayores no la olviden, y de que permanezcan fieles a ese ideal.

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