En el poema “La sed que nos define”, del libro Un enigma ante tus ojos (Númenor, 2024), Marcela Duque concibe el mundo como cosmos, es decir, como un todo ordenado, armonioso, en equilibrio: “Todo tiene su lugar en nuestro cosmos [...] Hay arrecifes de coral bajo los mares / y por los cielos giran las estrellas”. ¡Qué lejos estamos, gracias a Dios, de la imagen moderna del mundo como caos, como el macbethiano “cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”, o como el eliotiano “montón de imágenes rotas”! Plutarco cuenta que “Pitágoras fue el primer filósofo que dio el nombre de kosmos al mundo, por su orden y belleza, pues eso es lo que significa la palabra”.
Pero lo que me ha llevado a volver a leer el poema de Marcela Duque ha sido una página de La consolación de la filosofía, de Boecio, donde se dice que es el amor el que gobierna el universo, y aquel del que depende su armonía: “todas estas cosas las une el amor que gobierna tierras y mares e impera en el cielo”, de manera que “si él soltara las riendas, todo lo que ahora se ama mutuamente entraría en perpetuo conflicto y en la contienda se destruiría la mecánica que ahora, en esta fiel alianza, anima sus armoniosos movimientos”.
En “La sed que nos define”, el alma humana es la única que no ha encontrado su lugar en el cosmos, la única que se encuentra en “un no-lugar de miles de inquietudes”. También en el poema “La música del universo”, con el que comienza la segunda parte del libro, se habla de “la armonía / del cosmos en esferas”, y de “un deseo / que no encuentra lugar dentro del cosmos”, y también en él el fuego es la imagen que representa dicha inquietud.
El tú del que habla el poema de Marcela Duque es el Amor que mueve el sol y las demás estrellas, el Amor que, en Boecio, “gobierna tierras y mares e impera en el cielo”. La inquietud que el alma siente es “la sed que nos define”, el anhelo profundo por encontrarse con ese Tú. Y el reposo que las cosas han encontrado, pero que ella no ha encontrado todavía, es la dicha que Boecio dice que encontrarían los seres humanos si el amor gobernase sus almas: “¡Oh, qué dichoso sería el género humano si gobernara sus almas el amor que rige los cielos!”
Pero conocer el Amor es, antes que encontrarlo, sentir ese anhelo profundo del alma que nos llena de inquietud, porque la sed que nos define es la sed del corazón que quiere encontrar el Amor. Por eso, “el fuego, las estrellas, los corales / están en su lugar, te han encontrado— / pero sin corazón, no saben de inquietud: / no te conocen”.


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