El Cid es el arquetipo del buen vasallo, de ahí que se le llame “el Canpeador leal”. “¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!”, exclaman las mujeres y varones burgaleses que lloran asomados a las ventanas en los primeros versos del poema. El vínculo de vasallaje se establecía a través del juramento, y consistía en la lealtad que el vasallo tenía respecto de su señor. Ahora bien, el valor del juramento radicaba en el valor de la lealtad a la palabra dada, de tal forma que la lealtad del vasallo respecto de su señor no era otra cosa que la lealtad a la palabra dada. Rémi Brague dice que “la entera sociedad medieval reposaba sobre el juramento”, y que "los juramentos [...] eran lo que permitía la continuidad de la civilización". Tanto la lealtad a la palabra dada como el vínculo de vasallaje constituían, no una obligación legal, sino una obligación moral. El vasallo no era compelido a cumplir con dicha obligación por la ley, sino que su cumplimiento se fiaba al sentido del honor. Ello explica que el destierro decretado por el rey Alfonso no implique la ruptura del vínculo de lealtad, y que el Cid no deje de tener en ningún momento al rey Alfonso por “myo sennor natural”. Al entregarle en Valladolid un regalo de trescientos caballos enviados desde el destierro de parte del Cid, Minaya Álvar Fáñez y Pero Bermúdez le hacen saber al rey Alfonso que “Myo Çid el Campeador […] a vós llama por sennor e tiénes’ por vuestro vasallo”.
miércoles, 5 de enero de 2022
sábado, 18 de diciembre de 2021
Retorno a Brideshead
En la traducción al español de Retorno a Brideshead faltan dos frases del original.
Tras su regreso a casa desde España, donde ha trabajado como enfermera durante
la Guerra Civil, Cordelia evoca la figura de Sebastian en el curso de una
conversación que mantiene con Charles mientras ambos pasean por el campo.
Cordelia imagina cómo serán los últimos días de vida de Sebastian, y Charles se
pregunta si sufrirá. A lo que Cordelia responde: “Oh, yes, I think he does. One can have no idea what the
suffering may be, to be maimed as he is ―no dignity, no power of will”.
Hasta aquí la traducción de Caroline Phipps es fiel al original: “Oh, sí, creo
que sí sufre. Es imposible saber en qué puede consistir el sufrimiento cuando
se está mutilado como él: sin dignidad, sin fuerza de voluntad”. Pero en este
punto la traducción al español no incluye las dos frases siguientes: “No one is ever holy without suffering. It’s taken that form
with him”. No son precisamente dos frases de poca importancia. Cordelia
había aludido poco antes a la santidad de Sebastian, lo que había provocado la
extrañeza de Charles. Retorno a Brideshead es el testimonio de una experiencia de
conversión al catolicismo a lo largo de un camino no carente de sufrimiento, en
el que ciertas verdades de fe se van desvelando progresivamente. Que el
sufrimiento forme parte de ese camino que lleva a Dios (un camino que “pasa por
la cruz”), y que Cordelia sostenga sin rodeos que no hay santidad sin
sufrimiento, no sólo choca en ese momento con la falta de comprensión de
Charles, sino también con la de los lectores del mundo moderno (ese mundo que
tan bien simboliza el personaje de Hooper). Esa misma noche, Charles se
despertará en mitad de la oscuridad, y recordará las palabras que poco antes
había pronunciado ante Cordelia: “Estabas segura de que yo no lo entendería”. A
continuación, el narrador ofrece la clave de su falta de comprensión, y, quizá,
de la nuestra: el miedo a mirar de frente, y el carácter precario del refugio
provisional en el que creemos estar a resguardo.
