lunes, 27 de noviembre de 2023

La abolición del hombre

En el artículo "Un trompetazo papal contra la muerte", recogido en Al diablo con Picasso y otros ensayos, Paul Johnson recordaba el asombro que había experimentado en cierta ocasión al oír a un filósofo preguntar: “¿Por qué la vida humana debería ser sagrada?” Y explicaba que él “siempre había pensado que la santidad de la vida era una de esas verdades que los hombres y mujeres consideraban axiomáticas”, y que “hay varias creencias relacionadas con la conducta, la moralidad y la civilización que son tan manifiestas que la solicitud de demostrarlas resulta perturbadora”.

En La abolición del hombre, C. S. Lewis defiende la existencia de un orden de valores objetivos, que exigen de todos una respuesta adecuada, que son “al mundo de la acción lo que los axiomas son al mundo de la teoría”, y con respecto a los cuales nuestras respuestas serán razonables o irrazonables dependiendo de que estén de acuerdo o en desacuerdo con aquél. Además, explica que “no se puede llegar a ellos como conclusiones: son premisas”.

El carácter sagrado de la vida humana es una de esas premisas de las que se sigue todo juicio de valor, es una de esas verdades axiomáticas cuya validez no se puede demostrar. Antígona habría dicho que es una de “las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses, [que] no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y [que] nadie sabe de dónde surgieron”.

C. S. Lewis sostiene también que “la creencia dogmática en un valor objetivo es necesaria a la idea misma de una norma que no se convierta en tiranía”, porque sólo la existencia de un orden de valores objetivos proporciona una ley humana que obligue a todos por igual. Esto lo debió de entender muy bien Trotski, que dijo: “Tenemos que poner fin de una vez para siempre a las paparruchas cuáquero-papistas sobre la santidad de la vida humana”.


sábado, 4 de noviembre de 2023

Los ortodoxos de las dos botellas

En la Apologia pro vita sua, el cardenal John Henry Newman habla de los “ortodoxos de las dos botellas”. Los traductores Víctor García Ruiz y José Morales explican en una nota que dicha expresión hace referencia “a los eclesiásticos que, según se decía, tomaban brandy a la salud de “la Iglesia y el rey”, [o que] bebían dos botellas de vino al día como protesta contra los Puritanos”.

Imagino un club de “ortodoxos de las dos botellas” fundado hoy, en el que los ortodoxos serían chestertonianos, las dos botellas serían de jerez, y al que pertenecería, cómo no, Enrique García-Máiquez.


ESTO PERPETUA!


Dios quiere que en la bóveda celeste

brille la luz de todas las estrellas.

¡Brillemos, caballeros, igualmente

los ortodoxos de las dos botellas!


Como Dante Alighieri en el exilio

bajo la cándida bandera güelfa

y como Tomás Moro en el presidio

de Londres a la luz de su conciencia.


Brillemos, y brindemos, como Chesterton.

A falta de jerez, vale cerveza.

Brindemos, al morir, en nuestros féretros,


por el bien, la verdad y la belleza.

Y en el Cielo digamos sin rebozo:

Esto perpetua!”, como Samuel Johnson.


sábado, 21 de octubre de 2023

Alzad, alzad mi pluma a las estrellas

Apenas un año antes de morir en combate en la batalla de Alcazarquivir, “a pie [...] y con la espada en la mano tinta en sangre”, y tras haber dado su palabra de que acompañaría a don Sebastián de Portugal en su campaña contra el reino de Marruecos, Aldana termina el poema “Carta para Arias Montano sobre la contemplación de Dios y los requisitos della”.

El oficio militar es la ocasión en que brillan los valores caballerescos, y Aldana había cantado lo que la profesión de dicho oficio tiene de noble (“¡Oh sólo de hombres, digno y noble estado!”). También había dado testimonio de la experiencia del soldado en toda su crudeza, en toda su verdad.

En el poema “Carta a un amigo, al cual le llama Galiano”, brilla la belleza, la claridad y la precisión del lenguaje técnico del oficio militar. Aldana hace poesía con las palabras que nombran fielmente las cosas de la guerra: la espada, la pica, el almete, la jineta, las coracinas, la bufa y las taherías. Asimismo, vemos al caballo “sacudir el copete y la cabeza, […] / la cerviz abajar, tascar el freno, / las ancas recoger, doblar las corvas, / el pecho dilatar, volar los cascos”.

Recrea la experiencia del centinela que vigila en el campo de batalla mientras las tropas duermen, “cuando la noche con sus negras alas / esparce por el aire tenebroso / silencio, sueño, miedo y sobresalto”, al igual que en un soneto había recreado de forma vívida el gusto a agua corrompida en la boca del soldado, y la herida obtenida en el combate que deja “hueso en astilla, en él carne molida, / despedazado arnés, rasgada malla”.

Pero el oficio militar es para Aldana también “baja condenación de mi ventura / que al alma dos infiernos da por pago”, porque le impide poner por obra el deseo de apartarse del mundo, cultivar un estilo de vida contemplativa y lograr la ansiada paz interior que su alma anhela. En el corazón de la poesía de Aldana hallamos una paradoja: bajo el arnés que cubre el cuerpo del soldado que había luchado en Flandes a las órdenes del duque de Alba, bajo el disfraz de mercader judío que viste el espía al que Felipe II había encomendado la peligrosa misión de explorar el norte del reino de Marruecos, y bajo el yelmo que resguarda la cabeza del maestre de campo general que muere el 4 de agosto de 1578 en la batalla de Alcazarquivir, el alma de Aldana quiere renunciar al mundo, y cultivar la vida contemplativa propia del filósofo, en busca de la quietud, el sosiego y la perfección espiritual. Aldana es un hombre de acción que anhela la vida contemplativa, y un hombre de guerra que anhela la paz interior.

Francisco de Aldana quiere elevarse, ya sea mediante el ejercicio de la virtud que caracteriza al caballero, ya sea mediante el cultivo de las letras, del pensamiento y de la poesía, ya sea mediante el amor.

En la poesía de Aldana, el alma anhela elevarse al cielo (“¡Oh, patria amada, a ti sospira y llora / esta en su cárcel alma peregrina!”), y, de esta manera, a Dios. Cómo se nota la influencia de la poesía italiana, así como de la filosofía neoplatónica, de donde Aldana había bebido durante su juventud en Florencia (“¡Ay monte, ay valle, ay Arno, ay mi ribera!”). El amor es un camino de perfección espiritual que nos acerca a Dios, y la contemplación de la belleza mueve al amor (de donde se sigue que la contemplación de la belleza es la via pulchritudinis que conduce a Dios: “doy gracias al Señor del alto coro / por tan diversa y temporal belleza, / todo me es escalón, todo escalera, / para el Señor de la dorada esfera”). En la escala ascendente del amor, la amistad (philia) desempeña un papel crucial en la obra de Aldana, como pone de manifiesto el hecho de que no pocos de sus poemas sean cartas a amigos (de entre los que sobresale Benito Arias Montano).

Al amor le es propio elevarse, lo que explica el deseo de “que, do sube el amor, suba el amante”, y que esté más cerca de Dios “quien con alas de amor más alza el vuelo”. ¡Qué bien condensa el anhelo del alma de Aldana el verso: “Alzad, alzad mi pluma a las estrellas”!

Enrique García-Máiquez dice que, como sostenía Léon Bloy, “una vez se detecta cuál es la palabra más repetida en una obra literaria, se tiene una herramienta insuperable para encontrar su razón de ser”. Pues bien, “alma” es la palabra más repetida en la poesía de Francisco de Aldana.


jueves, 12 de octubre de 2023

Has visto perecer al rey Egeo


¿Has visto perecer al rey Egeo

al pie de un promontorio de caliza

tragado por un mar en que se avista

una trirreme de velamen negro?


¿Has visto arder el fuego en las cornisas

de la ciudad que defendía Héctor?

En tu rostro arrasado por el tiempo

el alma resplandece todavía.


¿Eres Andrómaca llorando bronce

tras el asesinato de Astianacte

a manos de soldados mirmidones?


En la boca, en el llanto, en el semblante,

en las mejillas que ha manchado el bronce,

el alma resplandece insobornable.



Cabeza de mujer, Museo de la Acrópolis, Atenas.

Fotografías de Ángel Ruiz.

"El color bajo los ojos es resultado de lo que se desgastó de las cejas de bronce", dice Ángel Ruiz en su blog.

jueves, 5 de octubre de 2023

El ideal del caballero renacentista


El ideal del caballero renacentista es un ideal de excelencia. El caballero renacentista es un “hombre selecto”, que pertenece a una “minoría excelente”, entendida a la manera de Ortega y Gasset: un hombre que “no […] se cree superior a los demás, sino que se exige más que los demás”, “que se exige mucho y acumula sobre sí mismo dificultades y deberes”.

Baltasar de Castiglione identifica la figura del cortesano con la del caballero, y la de la buena cortesanía con la profesión de caballería. Los “hombres que merezcan ser llamados buenos cortesanos y sepan juzgar lo que más pertenece a la perfición de buena cortesanía" son "caballeros tan singulares, no sólo en su principal profesión de caballería, más aún en otras muchas cosas”. Peter Burke explicó que Castiglione predica “no sólo los nuevos valores asociados con el Renacimiento, sino también las virtudes tradicionales de los caballeros medievales".

La nobleza a la que ha de pertenecer el caballero renacentista no es tanto la de la sangre como la de la virtud: el “buen linaje” importa en la medida en que es “una clara lámpara que alumbra […] y enciende y pone espuelas a la virtud” (noblesse obligue). “No es tan necesario (como afirmáis) el buen linaje en el cortesano”, porque “muchos, […] siendo de muy alta sangre, han sido llenos de vicios y, por el contrario, otros de ruin linaje, […] con su virtud han autorizado a sus descendientes”. Dante había dicho que “todos los hombres se ennoblecen con el mérito de la virtud” (Monarquía), y que “la verdadera nobleza es nobleza de espíritu” (Dolci rime). Y Godofredo de Charny, en el siglo XIV, había escrito: “El que hace más, vale más”.

El ideal del caballero renacentista es un ideal de excelencia moral. El buen cortesano es “hombre de bien y limpio en sus costumbres, porque en esto se contiene la prudencia, la bondad, el esfuerzo, la virtud”.

El oficio propio del caballero renacentista es el de las armas. “El principal y más proprio oficio del cortesano sea el de las armas”, dice Castiglione. Ha de mostrar “presteza y gana y corazón […] en el pelear”, y ha de encarnar los valores caballerescos: la lealtad (ha de ser “fiel”), el coraje (ha de ser “esforzado”) y la honra (“la cual es la verdadera satisfacción de los virtuosos trabajos").

El afán de excelencia que regía la vida del caballero renacentista hacía “que fuese en las letras más que medianamente instruido, a lo menos en las de humanidad, y [que] tuviese noticia no sólo de la lengua latina mas aun de la griega”, porque “además de bondad, el sustancial y principal aderezo del alma pienso yo que sean las letras”, y porque, de acuerdo con Leonardo Bruni, los estudios humanísticos "perfeccionan al hombre".

La figura del hidalgo español de los siglos XVI y XVII se inspira en el ideal del caballero renacentista. El hidalgo, que, como dice Ramiro de Maeztu en Defensa de la Hispanidad, encarnaba “la virtudes antiguas”, y que “todavía en tiempos de Felipe IV y Carlos II sabía manejar con igual elegancia las armas y el latín”, se miraba en el espejo del ideal de excelencia del caballero renacentista.


miércoles, 13 de septiembre de 2023

Los árboles


Los árboles extienden cada noche

sus ramas bajo un cielo azul de Prusia.

La noche empieza siempre entre sus ramas

antes de desbordarse como un río.

Son ángeles que vuelan lentamente

a la velocidad de crecimiento

de los pinos longevos de Nevada.

Así mi corazón lleno de noche

quiere elevarse bajo las estrellas.

Hay milagros que ocurren lentamente

a la velocidad de crecimiento

de los pinos longevos de Nevada.


jueves, 31 de agosto de 2023

El jardín de los Finzi-Contini

La personalidad de Micòl Finzi-Contini se condensa en tres rasgos: la distinción, el amor al pasado y la falta de esperanza. En realidad, toda la familia Finzi-Contini, desde la magna domus en que habita apartada del mundo circundante (y, especialmente, Micòl, desde su habitación, en lo más alto de la casa, allí donde la escalera helicoidal llega hasta la torreta lucernario), se eleva sobre lo vulgar con elegancia aristocrática —con refinamiento decadentista—, siente atracción por el pasado y adolece de falta de esperanza.

Tras la inclinación nobiliaria de los Finzi-Contini, tras “la doble distinción de la cultura y de la clase”, que los aleja no sólo de lo vulgar, de lo corriente, sino también de lo moderno, hay una vocación por la soledad, por vivir marginados. “Quién sabe cómo y por qué nace una vocación por la soledad”. Esa singularidad se revela incluso en la manera de hablar de los hermanos Micòl y Alberto, en una forma de expresarse que no es sino una lengua privada e inimitable llamada finzi-contínico.

El mundo aparte de los Finzi-Contini permanece envuelto en una atmósfera empapada de literatura. Están rodeados por una biblioteca de casi veinte mil libros, e intercalan con naturalidad en sus conversaciones versos de Dante, Baudelaire o Mallarmé. Pero la alta cultura, en El jardín de los Finzi-Contini, es, como Venecia, una ciudadela cuyos palacios de decrépita belleza, que se sostienen mágicamente sobre pilotes en medio de la laguna, están en realidad a punto de ser inundados por el acqua alta.

El amor por el pasado, o por lo antiguo, se refleja en la admiración de Micòl por los árboles centenarios (“mis vejestorios”), en su predilección por la vieja piragua desfondada arrumbada en la cochera, o en su adoración por los làttimi, los cristales venecianos, saldos de anticuario. ¡Y no es sino “en homenaje —decía riendo— al difunto Imperio austrohúngaro” (como quien iza “la seda negra de los perdedores” del poema de José María Álvarez) que Micòl se bebe de un solo trago los vasos de Skiwasser!

La falta de esperanza de Micòl Finzi-Contini coincide con la desesperación en la que muchos judíos italianos cayeron tras la promulgación de las leyes raciales en septiembre de 1938. En ella cristaliza una herencia antigua que distingue de forma trágica a los Finzi-Contini. La personalidad de Micòl Finzi-Contini está teñida de amargura, de fatalismo, de falta de esperanza, como si supiese que jamás sería enterrada en el cementerio judío de Ferrara, sino que sería deportada a Alemania en el otoño de 1943, hasta el punto de que parece decir: "No hay nada que hacer".