sábado, 4 de julio de 2026

Un acto de amor


En Experiencia, Martin Amis dice que tiene la impresión de que su vida es «ridículamente informe», y que carece de muchos de los ingredientes de un buen relato: «patrón y equilibrio, forma, remate, proporción». Y en Desde dentro insiste en lo mismo: «la vida posee una cualidad o característica antagónica a la ficción. Es informe, no apunta a nada ni se agrupa en torno a nada, y carece de coherencia».

Martin Amis identifica en la vida dos ingredientes contrapuestos que considera que son «los acontecimientos principales»: por un lado, los «milagros ordinarios» (como el nacimiento de los hijos), y, por otro, los «desastres ordinarios» (como la muerte del padre —en este caso el también escritor Kingsley Amis, al que su hijo rinde un tributo de amor—). Dichos acontecimientos se corresponden respectivamente con dos fuerzas misteriosas que colisionan de forma trágica y absurda: por un lado, la inocencia, y, por otro, la experiencia. «Una inmensa colisión absurda [...] Tal es lo que acontece cuando la oscuridad topa con la luz, cuando la experiencia topa con la inocencia, cuando lo falso topa con lo verdadero, cuando la absoluta impiedad topa con la pureza de espíritu».

Las memorias de Martin Amis no son la reconstrucción de un paraíso perdido, aunque hay un paraíso perdido: la infancia del autor durante los años previos a la separación de sus padres, la relación con los abuelos, y, muy especialmente, con la familia de sus primos por parte de madre, los Partington, que vivían en Gretton, un pueblo pequeño en el campo, y con quienes Martin y sus hermanos, niños de ciudad, pasaban temporadas. «He dicho que mi niñez fue idílica (y arcádico el tiempo que pasé con los Partington: el león y el cordero descansaban juntos, y la rosa crecía sin espinas)». Además de la imagen del monte santo de Isaías, los versos del Libro IX de El paraíso perdido, de Milton, le sirven a Martin Amis para representar el estado originario de inocencia y felicidad: «De honor desnudo vestidos, / en su desnuda majestad parecían señores de todo lo existente».

Pero Martin Amis será despojado violentamente de dicha inocencia, será expulsado del jardín del Edén de su propia infancia, en el momento mismo en que sus padres se separan. «El divorcio: “algo increíblemente violento”» (y «la pena recurrente, endémica, del varón divorciado: el dolor por la familia perdida») es un tema fundamental que el autor aborda con crudeza, valentía y honestidad. «—No puedo dejar de pensar en ello. No puedo quitármelo de la cabeza. —En este tipo de cosas nunca se puede hacer nada. Lo único que puedes hacer es albergar la esperanza de “coexistir” con ellas. Ellas nunca se irán. Estarán siempre contigo. Están ahí, eso es todo».

Pero el corazón se rebela milagrosamente contra la irrupción de la negrura —el dolor es un resto de inocencia—, y, a despecho del mundo, reconoce siempre como anomalía la propia condición de ser caído que define el estado del hombre. «Se supone que las madres y los padres no cambian. Al igual que se supone que no se van, ni se mueren. Son seres que no deben hacer eso».

Cuatro acontecimientos principales en la vida de Martin Amis constituyen el objeto de su reflexión sobre la pérdida de la inocencia, sobre la irrupción del mal (que puede hacer que el corazón llegue a gangrenarse dentro del pecho) y sobre el carácter informe de la vida: 1) el divorcio de sus padres, 2) la desaparición repentina de su prima Lucy Partington con veintiún años (que sólo después de otros veintiún años se supo que había sido secuestrada y asesinada por el asesino en serie Frederick West), 3) el propio divorcio de Martin Amis de su primera mujer cuando sus hijos no habían cumplido todavía diez años, y 4) la muerte del padre.

La dificultad para encontrar siquiera un atisbo de sentido en mitad de la oscuridad, y la insuficiencia de la literatura como herramienta de interpretación para afrontar los acontecimientos más importantes de la vida («Déjenme decir algo sobre la experiencia», escribe Martin Amis. «Las vivencias sobrepasan con mucho cualquier relato que pueda hacerse de ellas»), no convierten las memorias de Martin Amis en una obra nihilista. Frente a la arremetida del mal, frente a la ciega experiencia de lo dado, late una fuerza poderosa, como una llama del corazón, que constituye lo mejor del libro: el amor. No sólo el amor que, como el soplo del espíritu, persiste con obstinación, contra toda esperanza, sino también la escritura misma, porque, como dice Martin Amis en Desde dentro, «el propio acto de la escritura es un acto de amor».


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