El poema “Felices las ciudades que conservan”, de Julio Martínez Mesanza (que forma parte del libro Las trincheras), recuerda a las bienaventuranzas de los Evangelios. El poema consta de dos partes, al igual que cada una de las bienaventuranzas: por un lado, una oración con el verbo omitido que arranca con el adjetivo “felices” (equivalente a “bienaventurados” en las traducciones clásicas de los Evangelios), y, por otro, una oración subordinada que comienza con la conjunción causal “porque”. Así pues, al igual que san Lucas dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyos es el reino de los cielos”, Martínez Mesanza dice: “Felices las ciudades que conservan [...] porque su esperanza vive [...]”.
En el primer poema del libro, Martínez Mesanza establece una contraposición entre dos lugares: por un lado, “las trincheras”, donde no deja de llover, y, por otro, “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias”. Ambos lugares tienen un carácter simbólico, de acuerdo con lo que ocurre en muchos de los poemas de Las trincheras, que es un libro profundamente simbólico, y en el que los lugares adquieren la categoría de símbolo.
De “las trincheras” (“los fosos”, “los taludes”, los “cráteres anegados por la lluvia”) se nos dice que son “las cicatrices en las que se agolpan / los desesperanzados”. De “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias” se nos dice que “su esperanza vive”. De donde se sigue que la línea que separa a un lugar de otro es, como la que separa la luz de la sombra, la que separa a la esperanza de la desesperanza.
El simbolismo no es un mecanismo que se puede desactivar, no es un lenguaje en clave que permite desencriptar mensajes ocultos, no es una adivinanza que se puede resolver definitivamente. Como explicó Coleridge, en la imagen simbólica “la idea permanece siempre infinitamente activa”. Según Goethe, “el verdadero simbolismo se encuentra allí donde lo particular representa a lo más general, no como un sueño o una sombra, sino como una vívida revelación momentánea de lo Inescrutable”.
Los símbolos de Las trincheras, como los símbolos de las grandes obras literarias, tienen un poder de significación que no se agota. ¿Qué simbolizan Moby Dick, el capitán Ahab y el ballenero Pequod en la novela de Herman Melville? ¿Qué simboliza Gregorio Samsa en La metamorfosis? Las grandes obras literarias ofrecen claves que nos permiten asomarnos a dichos símbolos, como quien se asoma al pretil de un pozo hondísimo, pero nunca alcanzamos a vislumbrar el fondo.
En Las trincheras, los lugares simbolizan estados del alma. Así, en el poema titulado “Alcazarquivir”, “la soledad que nos recibe / es nuestra estéril alma”, y “la yerma / lejanía nosotros mismos somos”. Y en “Rusia”, “el alma es como Rusia / y [...] son sus fronteras las de Rusia”. Y en “Las tropas en el puente”, “ese mapa abstruso / es el de los caminos y las pruebas / que sufre el alma”.
La esperanza es una virtud teologal, y se corresponde con un anhelo profundo que Dios pone en el corazón del hombre, y que alienta en él al margen de la viabilidad de aquello que desea —Rafael Sánchez Ferlosio decía que “la esperanza [...] tan sólo podría ser esa virtud por la que pretende ser tenida”, no “si [...] remite a la confianza en el mundo y las cosas”, sino “cuando alienta y se mantiene [...], a despecho de toda probabilidad o posibilidad; cuando, vuelta la espalda a todo cálculo, es sólo fidelidad incondicional”—. A diferencia de las virtudes humanas, que adquirimos mediante nuestras propias fuerzas, las virtudes teologales, como dice el Catecismo de la Iglesia católica, “son infundidas por Dios en el alma”, y, por lo tanto, son obra de la Gracia.
El poeta de Las trincheras vive en el lugar de la desesperanza, en una casa, vieja y pobre, aislada en medio de un descampado en el que no deja de llover, en un puerto fluvial “sin torres ni campanas”, rodeado de hambrientos cenagales, donde “todo parecía hecho / para menguar la gracia redentora”. Pero en su corazón hay un anhelo profundo, un deseo de partir, que simboliza ese jinete eterno a quien turban inmensas lejanías, y que, lleno de desazón, se pone en marcha.
Lo que distingue al lugar de la desesperanza que representan a las trincheras, frente al lugar de la esperanza que representan las ciudades que conservan indemnes sus iglesias, y lo que permite concebir éste como un lugar de bienaventuranza, es la religiosidad. No hemos nacido para vivir en las trincheras. “A despecho de toda probabilidad o posibilidad”, Dios ha puesto en nuestro corazón, ha infundido en nuestra alma, un anhelo profundo que nos lleva a querer ponernos en camino.

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