jueves, 15 de junio de 2023

Brideshead & Lear


Las obras de arte poseen la virtud de hacer de caja de resonancia de otras obras de arte, de forma que en todas ellas resuenan ecos de obras anteriores, produciéndose así un efecto de amplificación. Por ejemplo, en el poema “Al ruiseñor”, de Borges, se oye el eco de la “Oda a un ruiseñor”, de Keats. Y esta resonancia nos permite entender que el ruiseñor de Borges es también el ruiseñor de Keats, de igual forma que “el ruiseñor de Keats es también el ruiseñor de Ruth”, y que, por lo tanto, el ruiseñor de Borges es también el ruiseñor de Ruth. La poesía se convierte así en “un rumor de remotos ruiseñores”.

En Retorno a Brideshead resuenan ecos de El rey Lear, de forma que la novela de Evelyn Waugh cobra un sentido más hondo a la luz de la tragedia de Shakespeare. Cuando estalla la tormenta en alta mar, Julia y Charles hacen referencia a la escena de El rey Lear en que Lear, Kent y el bufón se hallan a la intemperie bajo la tempestad en la segunda escena del tercer acto. “―Como el rey Lear. ―Sólo que cada uno de nosotros es los tres a la vez”. Por otro lado, el nombre de Cordelia no sólo remite al de la protagonista de El rey Lear, sino que también es la clave que permite entender que la hija menor del rey Lear es la figura especular de la hija menor de la familia Flyte. El carácter de ambos personajes estriba en su pureza.

En el espléndido artículo “El secreto de Retorno a Brideshead (Revista Centinela), Enrique García-Máiquez sostiene que el tema “axial” de la novela de Evelyn Waugh es la aceptación de la pobreza como ascesis que lleva a Dios. Gracias a Sebastian, Charles Ryder descubre un mundo aristocrático donde la riqueza no cumple una función ostentatoria, como diría Thorstein Veblen, sino que está puesta al servicio de la belleza. La novela cuenta la historia de unos personajes pertenecientes a dicho mundo que son despojados progresivamente de lo más preciado, y que se ven forzados a aprender de forma tortuosa a aceptar dicho despojamiento como camino para alcanzar un bien superior. En el curso de dicho aprendizaje el apego es un obstáculo no menor.

En una charla con Charles, Lady Marchmain dice que es difícil pero no imposible que un rico entre en el reino de los cielos, al igual que es “insólito” pero no imposible que un camello entre por el ojo de una aguja, porque “para Dios todo es posible”. El episodio evangélico del joven rico al que se hace referencia muestra que el apego a la riqueza es un obstáculo en el camino que lleva a Dios. Para Cordelia no existe dicho obstáculo porque carece de dicho apego (al igual que le ocurre a la Cordelia de El rey Lear). Para el resto de los (no tan) jóvenes ricos de Retorno a Brideshead, se cumplen las palabras de Kent: “Nothing almost sees miracles but misery”, porque el camino que lleva a descubrir el misterio de las cosas pasa por el desprendimiento.


lunes, 26 de diciembre de 2022

¿Es así como entendéis la libertad?


La diferencia fundamental entre la ley decretada por Creonte, que prohíbe dar sepultura al cadáver de Polinices, y las leyes de los dioses, que llevan a Antígona a desobedecer al rey de Tebas, es la que existe entre la ley como expresión de la voluntad y la ley moral. “Las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses”, que “no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron”, tal y como le dice Antígona a Creonte, constituyen la base moral que permite decir si una ley es justa o injusta. Dicha base moral es objetiva, apriorística y, por lo tanto, independiente de la voluntad, a diferencia de la ley entendida como expresión de la voluntad (ya sea de la voluntad del soberano, ya sea de la voluntad mayoritaria, en forma de consenso social).

Antígona no sólo se rebela, como dice Albert Camus, “en nombre de la tradición” (lo que lleva al autor de El hombre rebelde a sostener que la rebeldía de Antígona es una “rebeldía reaccionaria”), sino que también lo hace en nombre de la ley moral.

La ley que se justifica tan sólo como expresión de la voluntad es propia de sociedades que carecen de dicha base moral, o, como dice Fukuyama, citado por José María Sánchez Galera, del “horizonte moral común en torno al cual puede construirse una comunidad”. La pérdida de dicha base moral es perturbadora, y, para regocijo de las que Paul Johnson llamaba “fuerzas malignas de la sociedad moderna”, aboca a la sustitución de los principios morales por ideologías, por el consenso social o por intereses de partido. De las sociedades en las que —como la nuestra— se ha producido dicha sustitución (que es una forma de desarraigo) se puede decir, con palabras de G. K. Chesterton, que son sociedades que “los brutales poderes de la modernidad han pisoteado con sus pezuñas bovinas”.

La tesis de que “la ley es la expresión de la voluntad general” fue acuñada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa, en 1789, en el artículo 6 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El vizconde de Chateaubriand reprocharía a los revolucionarios franceses no sólo las orgías sangrientas con que se inauguró la revolución, sino también la destrucción del “sentimiento moral”, que engendró “abortos monstruosos de una naturaleza depravada”.

“¿Es así como entendéis la libertad?”, exclamó desde un balcón de París al paso de un grupo de revolucionarios que llevaban clavadas en sendas picas “dos cabezas desgreñadas y desfiguradas horriblemente”. “Los asesinos se pararon en frente de mí", escribe en sus Memorias de ultratumba, “y alargaron las picas, cantando, saltando y dando brincos para acercar a mi cara aquellas pálidas efigies. El ojo de una de las cabezas, que lo habían hecho saltar de su órbita, caía sobre el semblante del cadáver; la pica atravesaba la abierta boca, cuyos dientes mordían el hierro”.


sábado, 3 de diciembre de 2022

Surcos



El dinero desempeña un papel crucial en Surcos (1951). Su presencia es constante, obsesiva, obscena, como impúdico asunto de conversación desde el principio ("Ah, lo que da dinero es... Bueno, vosotros no lo entendéis. Pero lo que yo digo es que hay que ganar dinero como sea", dice Pepe), así como en escenas en las que los billetes adquieren la condición de protagonista, y en las que aparecen en todo momento como objeto de deseo, desde ese primer fajo traído celosamente por la madre desde el pueblo debajo de la falda. Pero el dinero no es aquí el "alto jornal" de Claudio Rodríguez. "Aquí el dinero se gana de otra manera, siendo espabilado", dice doña Engracia.

La promesa ilusoria de ganar dinero en la ciudad más fácilmente que en el pueblo ("En la capital le viene a uno la ganancia a las manos na más querer"), el prestigio deslumbrante que la ciudad posee a los ojos de los recién llegados, y el desprestigio que acompaña a la idea del pueblo, de los "paletos" (como se les llama de forma despreciativa) y de su mundo tradicional, arranca a los protagonistas no sólo del suelo natural del campo del que proceden, sino también del suelo moral que constituyen las ideas del bien, de lo decente o de lo correcto, cuya pérdida trae consigo el verdadero desarraigo que explica su deriva. "Puede perderse", dice el padre de forma premonitoria preocupado por su hija el primer día en la ciudad.

Al final, los personajes que sobreviven al desarraigo, y que no terminan hundidos en el sumidero de la ciudad, son el padre y el hijo pequeño (ambos Manuel Pérez), los más ingenuos, los menos espabilados, los que no se dejan corromper, los que todavía tienen escrúpulos, los menos dotados para la supervivencia según la ley de la selva que impera en la ciudad. Es el buen corazón lo que le impide al padre adaptarse con éxito al mundo de la ciudad, y lo que le permite reaccionar ante la degradación moral que amenaza con terminar de devorar a su familia. Lejos de suponer un baldón, la vergüenza que los padres sienten al final de la película es una afección propia de almas nobles. La historia del hijo pequeño es un descenso a los infiernos, desde cuyo último círculo asciende como Dante por la gracia del amor verdadero (no del amorío falso de cupletista) de una Beatriz de suburbio, una verdadera donna angelicata.


sábado, 12 de noviembre de 2022

Génesis

El tema principal del Génesis es la relación de Dios con el hombre. La condición especial de éste consiste en que ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza (lo que explica la verdad axiomática de que la vida humana es sagrada). Ahora bien, desde el principio se ve que el hombre es capaz de hacer el mal ("Sí, el corazón del hombre se pervierte desde la juventud"), hasta el extremo de que la iniquidad humana lleva a Dios a arrepentirse de haberlo creado, y a pensar en borrar de la superficie de la tierra a la humanidad misma (el diluvio universal). Pero Dios ha puesto en el corazón del hombre la conciencia moral, la conciencia del bien como un imperativo. La voluntad de Dios se descubre como la voluntad de que los hombres hagan el bien. Dios interviene en la vida de los hombres poniendo en su corazón la conciencia del deber de hacer el bien. El mal estriba en el incumplimiento de dicho deber. El Génesis no sólo constituye un catálogo de la infamia de que es capaz el ser humano (en el que el fratricidio ocupa un lugar señalado), sino que también muestra que el bien puede salvar tanto a quien lo pone por obra como a sus semejantes. Además, en las palabras que José dirige a sus hermanos tras la muerte de su padre ("Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien") se expresa un misterio de la forma en que Dios interviene también en la vida de los hombres: que Él saca bien del mal, que el bien que Dios quiere para los hombres Él puede hacer que se revele incluso allí donde los hombres hacen el mal.


lunes, 25 de julio de 2022

En cierta ocasión

En cierta ocasión, le preguntaron a un carpintero qué figura pretendía tallar a partir del bloque de madera con el que trabajaba en su taller, a lo que el carpintero respondió: “Si sale con barba, San Antón; si no, la Purísima Concepción”. Es decir, que realizaba su tarea sin propósito claro, e indiferente ante el resultado de la misma.

Los profesores no podemos sentir a nadie más ajeno a nosotros que dicho carpintero, ya que la pregunta por el propósito último de nuestro trabajo tiene una importancia vital. De ahí que nuestros ojos os miren ahora no sólo con cariño, sino también con conciencia de responsabilidad.

Así pues, cabe preguntarse, ¿qué propósito perseguíamos? Nuestra misión consistía en suscitar en vosotros el amor al bien, a la verdad y a la belleza, de tal forma que dicho amor se convirtiese en voluntad, en hábito y, a la postre, en carácter. Tal y como escribió Aristóteles, “con respecto a la virtud no basta con conocerla (eidénai), sino que hemos de procurar tenerla y practicarla (éjein kai jrészai), o intentar llegar a ser buenos (agathoi gonómeza)”.

Vosotros habéis sido educados para ser buenos, porque sólo el amor al bien colma la vida de los hombres. ¡Cuánta razón tenía Beatriz cuando, a las puertas del Paraíso, le dijo a Dante que no hay aspiración más digna que el amor al bien! Amar lo bene / di là dal qual non è a che s’aspiri.

Hemos dedicado muchas horas de clase al estudio de los saberes que la humanidad nos ha dejado en herencia. No escondáis bajo tierra lo que habéis recibido, sino, por el contrario, haced que dé fruto.

A lo largo de estos años os hemos planteado dos preguntas cuya importancia trasciende las disciplinas académicas, y en las que nos jugamos la vida misma. En primer lugar, ¿qué tipo de persona quieres ser? Y, en segundo lugar, ¿qué espera la vida de ti?

La conciencia de que somos libres para forjar nuestra propia ventura (tal y como nos enseñó don Quijote), y de que la libertad es la libertad de elegir moralmente, nos permite tomar las riendas de nuestra vida, no eludir la responsabilidad individual invocando como excusa las circunstancias, y no cultivar el resentimiento de quienes caen en el victimismo. Somos dueños de nuestro destino, fundamentalmente porque somos libres para elegir qué actitud adoptar ante lo que quiera que nos ocurra.

La pregunta por aquello que la vida espera de ti parte de una premisa crucial que no debéis olvidar nunca: que la vida espera algo de ti. Descubrir en qué consiste ese algo es ahora vuestra tarea. Permitidme que os lea las palabras de un escritor inglés llamado Evelyn Waugh: “Dios quiere una cosa distinta de cada uno de nosotros, trabajosa o llevadera, visible o íntima, pero algo que sólo nosotros podemos hacer y para lo cual cada uno de nosotros fue creado”.

Ojalá el colegio haya sido para vosotros una lugar en el que forjar el carácter, y en el que crecer en sabiduría y en virtud. Ojalá hayamos sabido poner de nuestra parte para que aprendieseis a ser humildes, porque la humildad nos permite descubrir con agradecimiento la maravilla que nos ha sido dada gratis con la vida (y al lado de la cual todos los bienes materiales son poca cosa). Ojalá hayamos contribuido en algo a que entendieseis que las cosas realmente importantes se logran con esfuerzo, que el trabajo es el único camino que os permitirá descubrir vuestra vocación, y que incluso el amor verdadero es un acto de sacrificio de uno mismo por los demás.

A estas alturas quizá sepáis lo que el poeta Aquilino Duque expresó de forma muy atinada: “No es posible que todo salga bien. / […] Uno acierta una vez de cada cien, / y no por ser más rápido o más lento / se sale antes o se llega pronto”; todos tenemos, cómo no, nuestras horas bajas; “Es preciso llorar de cuando en cuando; / es preciso regar el corazón / para que no se seque, como un árbol”. Pero hay cosas de una importancia trascendental que no deben faltar nunca en la vida (y que nosotros, vuestros profesores, querríamos haber sabido transmitiros): “¿La fe? Sí, por supuesto. / Y la esperanza. Y el amor”.

No perdáis la fe en Dios. Habéis de saber que Él no perderá jamás la fe en vosotros. Dios está dispuesto a ir hasta el fin del mundo para encontrarnos, y a veces deja que nos alejemos hasta el fin del mundo antes de hacernos volver. Como quiera que sea, no olvidéis que, pase lo que pase, no estáis solos, que Dios os quiere, y que incluso en la noche más oscura siempre podréis elevar los ojos a Dios, y rezar.

Hoy le pedimos a Dios por vosotros.

Perdonadnos si en algo nos hemos equivocado.

Muchas gracias por compartir con nosotros estos años tan bonitos de vuestras vidas.

Os queremos.

miércoles, 5 de enero de 2022

Myo Çid

El Cid es el arquetipo del buen vasallo, de ahí que se le llame “el Canpeador leal”. “¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!”, exclaman las mujeres y varones burgaleses que lloran asomados a las ventanas en los primeros versos del poema. El vínculo de vasallaje se establecía a través del juramento, y consistía en la lealtad que el vasallo tenía respecto de su señor. Ahora bien, el valor del juramento radicaba en el valor de la lealtad a la palabra dada, de tal forma que la lealtad del vasallo respecto de su señor no era otra cosa que la lealtad a la palabra dada. Rémi Brague dice que “la entera sociedad medieval reposaba sobre el juramento”, y que "los juramentos [...] eran lo que permitía la continuidad de la civilización". Tanto la lealtad a la palabra dada como el vínculo de vasallaje constituían, no una obligación legal, sino una obligación moral. El vasallo no era compelido a cumplir con dicha obligación por la ley, sino que su cumplimiento se fiaba al sentido del honor. Ello explica que el destierro decretado por el rey Alfonso no implique la ruptura del vínculo de lealtad, y que el Cid no deje de tener en ningún momento al rey Alfonso por “myo sennor natural”. Al entregarle en Valladolid un regalo de trescientos caballos enviados desde el destierro de parte del Cid, Minaya Álvar Fáñez y Pero Bermúdez le hacen saber al rey Alfonso que “Myo Çid el Campeador […] a vós llama por sennor e tiénes’ por vuestro vasallo”.


sábado, 18 de diciembre de 2021

Retorno a Brideshead


En la traducción al español de Retorno a Brideshead faltan dos frases del original. Tras su regreso a casa desde España, donde ha trabajado como enfermera durante la Guerra Civil, Cordelia evoca la figura de Sebastian en el curso de una conversación que mantiene con Charles mientras ambos pasean por el campo. Cordelia imagina cómo serán los últimos días de vida de Sebastian, y Charles se pregunta si sufrirá. A lo que Cordelia responde: “Oh, yes, I think he does. One can have no idea what the suffering may be, to be maimed as he is ―no dignity, no power of will”. Hasta aquí la traducción de Caroline Phipps es fiel al original: “Oh, sí, creo que sí sufre. Es imposible saber en qué puede consistir el sufrimiento cuando se está mutilado como él: sin dignidad, sin fuerza de voluntad”. Pero en este punto la traducción al español no incluye las dos frases siguientes: “No one is ever holy without suffering. It’s taken that form with him”. No son precisamente dos frases de poca importancia. Cordelia había aludido poco antes a la santidad de Sebastian, lo que había provocado la extrañeza de Charles. Retorno a Brideshead es el testimonio de una experiencia de conversión al catolicismo a lo largo de un camino no carente de sufrimiento, en el que ciertas verdades de fe se van desvelando progresivamente. Que el sufrimiento forme parte de ese camino que lleva a Dios (un camino que “pasa por la cruz”), y que Cordelia sostenga sin rodeos que no hay santidad sin sufrimiento, no sólo choca en ese momento con la falta de comprensión de Charles, sino también con la de los lectores del mundo moderno (ese mundo que tan bien simboliza el personaje de Hooper). Esa misma noche, Charles se despertará en mitad de la oscuridad, y recordará las palabras que poco antes había pronunciado ante Cordelia: “Estabas segura de que yo no lo entendería”. A continuación, el narrador ofrece la clave de su falta de comprensión, y, quizá, de la nuestra: el miedo a mirar de frente, y el carácter precario del refugio provisional en el que creemos estar a resguardo.