El poema “Felices las ciudades que conservan”, de Julio Martínez Mesanza (que forma parte del libro Las trincheras, 1996), recuerda a las bienaventuranzas de los Evangelios. El poema consta de dos partes, al igual que cada una de las bienaventuranzas: por un lado, una oración con el verbo omitido que arranca con el adjetivo “felices” (equivalente a “bienaventurados” en las traducciones clásicas de los Evangelios), y, por otro, una oración subordinada que comienza con la conjunción causal “porque”. Así pues, al igual que, por ejemplo, san Lucas dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyos es el reino de los cielos”, Martínez Mesanza dice: “Felices las ciudades que conservan [...] porque su esperanza vive [...]”. [Las cursivas son mías].
Pero los protagonistas de esta bienaventuranza mesanciana no son los pobres de espíritu, sino “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias” (que ya habían aparecido en el primer poema del libro, “No deja de llover sobre las ruinas”).
Dichas ciudades tienen un carácter simbólico, de acuerdo con lo que ocurre en muchos de los poemas de Las trincheras, que es un libro profundamente simbólico, y en el que los lugares adquieren la categoría de símbolo. Así, en el poema “Alcazarquivir”, “la soledad que nos recibe / es nuestra estéril alma”, y “la yerma / lejanía nosotros mismos somos”. Y en el poema “Las tropas en el puente”, “ese mapa abstruso / es el [mapa] de los caminos y las pruebas / que sufre el alma”.
Entonces, ¿qué simbolizan “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias”? El simbolismo no es un mecanismo que se puede desactivar, no es un lenguaje en clave que se puede desencriptar, no es una adivinanza que se puede resolver definitivamente. Como explicó Coleridge, en la imagen simbólica “la idea permanece siempre infinitamente activa”. Según Goethe, “el verdadero simbolismo se encuentra allí donde lo particular representa a lo más general, no como un sueño o una sombra, sino como una vívida revelación momentánea de lo Inescrutable”.
Los símbolos de Las trincheras, como los símbolos de las grandes obras literarias, tienen un poder de significación que no se agota. ¿Qué simbolizan Moby Dick, el capitán Ahab y el ballenero Pequod en la novela de Herman Melville? ¿Qué simboliza Gregorio Samsa en La metamorfosis? Las grandes obras literarias ofrecen claves que nos permiten asomarnos a dichos símbolos, como quien se asoma al pretil de un pozo hondísimo, pero nunca alcanzamos a vislumbrar el fondo.
Martínez Mesanza establece una contraposición entre dos lugares que se convierten en los dos símbolos más importantes del libro, y a la luz de los cuales pueden interpretarse los demás: por un lado, las ciudades que conservan indemnes sus iglesias (y “que, después del siglo, las consagran”), y, por otro, las trincheras. Ambos lugares simbolizan estados del alma. De “las ciudades que conservan / indemnes sus iglesias” se nos dice que “su esperanza vive”. De “las trincheras” (“los fosos”, “los taludes”, los “cráteres anegados por la lluvia”) se nos dice que son “las cicatrices en las que se agolpan / los desesperanzados”. De donde se sigue que la raya que separa a un lugar de otro es, como la que separa la luz de la sombra, la que separa a la esperanza de la desesperanza.
La esperanza es una virtud teologal, y se corresponde con un anhelo profundo que Dios pone en el corazón del hombre, y que alienta en él al margen de la viabilidad o inviabilidad de aquello que desea. A diferencia de las virtudes humanas, que adquirimos mediante nuestras propias fuerzas, las virtudes teologales, como dice el Catecismo de la Iglesia católica, “son infundidas por Dios en el alma”, y, por lo tanto, son obra de la gracia.
El poeta de Las trincheras vive en el lugar de la desesperanza, en una casa, vieja y pobre, aislada en medio de un descampado en el que no deja de llover, en un puerto fluvial “sin torres ni campanas”, rodeado de hambrientos cenagales, donde “todo parecía hecho / para menguar la gracia redentora”. Pero no todo en Las trincheras es desesperanza.
Lo que distingue al lugar de la esperanza que representan las ciudades que conservan indemnes sus iglesias, frente al lugar de la desesperanza que representan las trincheras, y lo que permite concebir aquél como un lugar de bienaventuranza, es la religiosidad. En las bienaventuradas ciudades mesancianas las iglesias no han sido destruidas, y, a pesar de la injusticia avasalladora, a pesar del dolor en el mundo —a pesar de la muerte de los niños—, que parece desmentir la idea de un Dios providente, en ellas nadie dice: “Dios no existe / y, si existe, no cuida de nosotros”.

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