La personalidad de Micòl Finzi-Contini se condensa en tres rasgos: la distinción, el amor al pasado y la falta de esperanza. En realidad, toda la familia Finzi-Contini, desde la magna domus en que habita apartada del mundo circundante (y, especialmente, Micòl, desde su habitación, en lo más alto de la casa, allí donde la escalera helicoidal llega hasta la torreta lucernario), se eleva sobre lo vulgar con elegancia aristocrática —con refinamiento decadentista—, siente atracción por el pasado y adolece de falta de esperanza.
Tras la inclinación nobiliaria de los Finzi-Contini, tras “la doble distinción de la cultura y de la clase”, que los aleja no sólo de lo vulgar, de lo corriente, sino también de lo moderno, hay una vocación por la soledad, por vivir marginados. “Quién sabe cómo y por qué nace una vocación por la soledad”. Esa singularidad se revela incluso en la manera de hablar de los hermanos Micòl y Alberto, en una forma de expresarse que no es sino una lengua privada e inimitable llamada finzi-contínico.
El mundo aparte de los Finzi-Contini permanece envuelto en una atmósfera empapada de literatura. Están rodeados por una biblioteca de casi veinte mil libros, e intercalan con naturalidad en sus conversaciones versos de Dante, Baudelaire o Mallarmé. Pero la alta cultura, en El jardín de los Finzi-Contini, es, como Venecia, una ciudadela cuyos palacios de decrépita belleza, que se sostienen mágicamente sobre pilotes en medio de la laguna, están en realidad a punto de ser inundados por el acqua alta.
El amor por el pasado, o por lo antiguo, se refleja en la admiración de Micòl por los árboles centenarios (“mis vejestorios”), en su predilección por la vieja piragua desfondada arrumbada en la cochera, o en su adoración por los làttimi, los cristales venecianos, saldos de anticuario. ¡Y no es sino “en homenaje —decía riendo— al difunto Imperio austrohúngaro” (como quien iza “la seda negra de los perdedores” del poema de José María Álvarez) que Micòl se bebe de un solo trago un vaso entero de Skiwasser!
La falta de esperanza de Micòl Finzi-Contini coincide con la desesperación en la que muchos judíos italianos cayeron tras la promulgación de las leyes raciales en septiembre de 1938. En ella cristaliza una herencia antigua que distingue de forma trágica a los Finzi-Contini, y que Leo Strauss llamó “el destino judío”: “El pueblo judío y su destino son los testigos vivos de la ausencia de redención”. La personalidad de Micòl Finzi-Contini está teñida de amargura, de fatalismo, de falta de esperanza, como si supiese que jamás sería enterrada en el cementerio judío de Ferrara, sino que sería deportada a Alemania en el otoño de 1943, hasta el punto de que parece decir: "No hay nada que hacer".
